VELÁZQUEZ: Maestro de maestros, por Pilar Nogales

Diego da Silva y Velázquez, más conocido como Diego Velázquez, es uno de los grandes pintores de la historia de la humanidad. Su reconocimiento a nivel internacional no es en absoluto fruto de la casualidad sino de un maravilloso virtuosismo pictórico donde el dibujo y profundo conocimiento del color se aúnan con la magnífica técnica pictórica que antecede y sirve de base para movimientos de siglos posteriores como el Impresionismo.

De ascendencia portuguesa por parte de padre, Velázquez nació en la tierra de su madre, Sevilla, el 6 de junio de 1599. La Sevilla en que nació era la ciudad más cosmopolita de España, donde el comercio con América así como con el resto de Europa creaba un ambiente tolerante y donde el intercambio de culturas y el vaivén de obras de arte le dieron la oportunidad de apreciar el trabajo de grandes maestros.

Aunque inicialmente entró como aprendiz en el taller de Francisco Herrera el Viejo, quien seguía estilo de los pintores flamencos y cuya mano parecía ser bastante larga a la hora de imponer disciplina a sus alumnos. Al joven niño, que le dieran collejazos no pareció hacerle mucha gracia y a los once años cambia al taller de Francisco Pacheco donde permanecerá hasta 1617, cuando ya se establece como pintor independiente.

Las Meninas

Al año siguiente, con 19 años, se casa con Juana Pacheco, hija de su maestro, con quien tendrá dos hijas. Entre 1617 y 1623 obtiene bastante éxito con su pintura, lo que le permite adquirir dos casas destinadas a alquiler. Por insistencia de su suegro y mentor intenta entrar en la Corte como pintor real pero no lo logra, afortunadamente no le dejaron rendirse y gracias al Conde Duque de Olivares, en 1623, se traslada a Madrid donde obtiene el título de Pintor del Rey Felipe IV, gran amante de la pintura.

Al llegar a Madrid se abre un nuevo mundo de influencias visuales. Velázquez estaba acostumbrado al estilo barroco tenebrista iniciado por Caravaggio y practicado por sus contemporáneos, como Zurbarán y posteriormente Murillo. Sin embargo, en la Corte podrá estudiar cuadros de Tiziano, Veronés, los grandes venecianos, conocerá a Rubens quien le instará a viajar a Italia y estudiar a Miguel Ángel, Da Vinci, Tintoretto…. Un horizonte de luz, pinceladas expresivas, color y nuevas técnicas se presentaban ante el joven pintor.

De esta manera, su estilo contendrá el dibujo preciso de sus primeros años pero los fondos se irán aclarando, la pincelada será más suelta, menos densa, dejando zonas donde el lienzo del fondo se ve bajo las veladuras mientras que otras zonas tienen una gran cantidad de materia y en algunos casos, incluso los cambios en la composición pueden apreciarse en las modificaciones (patas de caballo que cambian de sitio, piernas y telas y que se eliminan, añaden o aumentan, etc.)

El pico de La Maliciosa podemos observarlo en el cuadro del Príncipe Baltasar Carlos a caballo

Como pintor está en la cumbre, no hay maestros posteriores que no le hayan admirado y copiado: Madrazo, Van Gogh, Zorn, La-Tour, Sorolla… Y también su papel en la Corte fue algo sin precedentes, tuvo aposentos y sitio allí donde la Corte iba por los diversos Palacios Reales (El Escorial, Aranjuez, El Pardo,…) siendo un hombre de confianza del rey y llegando a ocupar el puesto de Ayudante de Cámara y Aposentador Mayor de Palacio. Esta carrera como cortesano (inspirada por el importante papel de Rubens en ese campo) y su obsesión por lograr la Cruz de Santiago hicieron que su producción pictórica en los últimos años se viera muy mermada, destacando las dos grandes obras “Las hilanderas” y “Las Meninas”.

Tras participar en la organización de la entrega de la infanta María Teresa de Austria al rey Luis XIV de Francia para que se unieran en matrimonio, Velázquez muere en Madrid el 6 de agosto de 1660, a la edad de 61 años, se cree que por agotamiento, aunque no debemos olvidar que el uso de metales pesados como pigmentos (blanco de plomo, entre otros) es una causa común de graves enfermedades y muertes prematuras.

La rendición de Breda

Una de las características de las obras del pintor que supuso una novedad fue la costumbre que trajo consigo de sus viajes a Italia de copiar paisajes reales, pintados al natural y usarlos como fondos de sus cuadros. Analicemos por ejemplo el cuadro de “Las Lanzas” o “La Rendición de Breda”. En él se muestra un momento ficticio y lleno de simbolismo. El 5 de junio de 1625 cayó la sublevada ciudad de Breda tras el sitio llevado a cabo por Spínola. La obra no hace mención al relato histórico donde los flamencos liderados por Justino de Nassau huyen de la ciudad bajo la mirada del militar español sino que se basa en la comedia de Calderón de la Barca “El sitio de Breda”, donde se produce una entrega de llaves de los vencidos a los vencedores en una escena de lo más caballeresco muy alejada de la realidad cruel de una guerra. Al fondo podemos ver la ciudad de Breda, ¿o no?, pues parece ser que no, según los estudios de Aureliano de Beruete a finales del siglo XIX y la posterior confirmación por parte del erudito guadarramista Bernaldo de Quirós, al fondo del cuadro podemos ver el paisaje de El Escorial de Abajo visto desde el monte Abantos hasta las charcas de El Peralejo. Como no podía ser de otra manera esto sucedió en más obras.

En el retrato del Príncipe Baltasar Carlos como cazador con su lebrel podemos ver la sierra desde Hoyo de Manzanares en dirección a Collado Villalba

En el retrato del Príncipe Baltasar Carlos como cazador con su lebrel podemos ver la sierra desde Hoyo de Manzanares en dirección a Collado Villalba. Desde El Escorial de Abajo, en el camino de Galapagar se debió de situar Velázquez para dibujar el paisaje tras el retrato ecuestre de Felipe IV donde observamos la Pedriza Anterior y la Ladera de las Viñas. El pico de La Maliciosa podemos observarlo en el cuadro del Príncipe Baltasar Carlos a caballo.

No es de extrañar que Velázquez, gran observador de la realidad y al que le fascinaban los paisajes naturales quedara prendado de la sierra madrileña en la cual estuvo mucho tiempo. Además, Velázquez ya desde joven mostró su tendencia a plasmar el mundo a su alrededor y sus costumbres, como en “La vieja friendo huevos” o “El aguador de Sevilla”.

La vieja friendo huevos

Aunque quizá un caso más flagrante de este hecho es la obra “La Venus del Espejo”. En este cuadro vemos a la joven diosa desnuda y recostada de espaldas, en una actitud a la vez sensual y recatada. No podemos ver su cara más que a través de un espejo que nos indica esa única posibilidad de amor platónico con la divinidad. El espejo es sujetado por Cupido que también sujeta unas cintas para el acicalamiento de la mujer. Los colores azul y blanco símbolo de pureza se encuentran bajo el cuerpo desnudo mientras que su complementario y símbolo de pasión, el rojo, lo vemos en la pared del fondo. Hasta aquí podríamos hablar del análisis tradicional de este tipo de obra, pero la verdad oculta es que, según las investigaciones, la mujer que sirvió de modelo era la amante de Velázquez, un amor que nunca podría ser legitimado, y el niño representado en forma de Cupido sería el hijo de la pareja.

Retrato ecuestre de Felipe IV, donde observamos la Pedriza Anterior y la Ladera de las Viñas

La doble lectura también es algo que el sevillano gustaba de representar mostrando su gran ingenio y siguiendo una tradición que venía de la Antigüedad. Ya hemos comentado “Las Lanzas” que mezcla ficción e historia y del mismo modo “Las hilanderas” también llamado “La fábula de Aracne”, donde una escena de la vida tradicional encubre una escena mitológica con trasfondo moral y reivindicativo.

En definitiva, Velázquez fue algo más que un “pintor de cabezas”, como sus detractores intentaron menospreciarle en sus primeros tiempos en la Corte, si no que fue todo un precursor en técnicas y temas y un investigador de la forma que abrió el camino a los artistas posteriores, copiado y estudiado hasta el día de hoy: un maestro de maestros.


Texto: Pilar Nogales: pilar_nogales_g@hotmail.com
Documentación Gráfica: Creative Commons


 

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