TU MANSO DESCARO EN FORMA DE ROMBO, por Virginia Rodríguez Cañete

Cuando el bolígrafo se me hizo historia de amor; para almas libres y de corazón grande. Cubriendo de nubes desordenadas un marzo valiente y sereno, a las puertas casi de su abril insospechado, el ocaso disperso, teje cielos encapotados y estrellas sugeridas mientras escucha fluir, en silencio, la voz rasgada y ronca de Van Morrison en la vieja y destartalada radio del estudio.

El Abantos, anacoreta, de fondo.

“Someone like you makes it all worth while*…”, revela, elegante, la evocadora canción, convirtiéndose en rezo sonoro de este salón, solitario y quieto, donde descansa, por fin, el día hecho.

“Someone like you…*”, alguien como tú…

Y el Abantos, anacoreta, de fondo.

Despierta, entonces, el boli, ensimismado por el rasgo bello de las notas y baila, borracho de sueño, a ritmos inconexos y desiguales, entintando, con sobrada locura, olores y colores en la hoja de papel que, virgen, reposa para él sobre la mesa; fantaseando utopías que se suceden lentas para no terminar nunca, tejiendo raíces en un lecho infinito de líneas convexas, de verbos conexos, hechos por el boli para ella, para su hoja, para su amada, para su hoja de papel amada.

Emociones musicales que evocan coreografías graciosas entre la algarabía del viento, del tiempo. Curvas sobre una página presumida y coqueta donde, con arrojo prudente, el boli esculpe mimos de rasgos suaves y mirada intensa.

– “Quisiera pintártelo todo y que, por decir, nada quedase”, le dice a ella, bajito.

– “Invéntame, pues, palabras”- contesta- “y dibuja con ellas la noche. Llenaré paredes y suelos, suelos y paredes, de más hojas desnudas, de más folios vacíos; hojas, para ti, desnudas; folios, para ti, vacíos, entregados, sin prisas, a las piadosas caricias del amor eterno”

Intimidad carente de efímeros detalles que brota, sin corazas, en un anochecer venido a más para el deseo.

– “Me gusta tu manso descaro con forma de rombo”- susurran sus garabatos azules que, delicados, tórnanse rojos cuando ella, estremecida, le mira- “Me gusta tu sonrisa valiente, tu ser elegante y tierno, tu apasionada frescura, tu todo tú, mi papel, mi hoja, mi amante, mi vida. Me gusta tu impulso sediento de palabras sinceras. Me gusta tu dulce brutalidad, corazón grande, tu inmaculado infinito que rezuma letras al amparo de mi sombra”, le dice mientras hila estrofas contenidas, ávidas por rozar sus labios, esos ya de tinta y sabor a caramelo.

El boli, zalamero, envuelve de versos y besos, su fino y gracioso rostro, tintero de noches blancas en folios de terciopelo; superficie virgen de fibras planas, donde el galán, amigo, recrea noches interminables de sueños, de sueños sólo con ella.

– ” De ti hablan mis silencios tartamudos cuando, seductoras, tus letras devienen huéspedes espontáneos de este cobijo manso, reposo de tus delirios; grafías dispersas que, delicadas, inventan palabras para adorarme, y hablarme sólo de amores.” Poemas de celulosa que susurra, excitada la hoja, mientras tiritan sus fibras y se deshace, ardorosa, en anhelos de colores.

– “He jugado con la evocación constante” – prosigue- “ con el reflejo de tus besos, de tus líneas, cubriendo cada esquina en mis anversos para, así, besar mi frente. He jugado con amaneceres hechos de tu esencia, sin juzgar el desenfado de los gestos, pintando sonrisas entre las sombras, compenetrando encuentros bucólicos en alrededores teñidos de lírica, mi amor de tinta, mi cielo, mi todo, mi nada, mi siempre, mi boli. “

– “Siete veces siete, abrazarán mis trazos tus letras; tus letras, mis trazos, amada mía. Siete veces siete. Y si, frotando mis ojos, despertase algún día del sueño, recordaré el sabor de tus labios, tus labios de tinta sobre mis trazos “, alcanza a decir el boli mientras la noche envejece en cada uno de sus besos para amanecer, sin piedad, en breve.

Y así, las palabras tropiezan, unas con otras, por escribirse, nerviosas, en direcciones dispares y sentidos desiguales.

Origamis de pasiones.

Acordes descompuestos en orgías melodiosas, enmarañadas, de nuevo, para querer, siempre, decir ‘te quiero’.

El amanecer, lozano, escucha el despido barroco de la oscuridad saliente entre las lejanas notas de un decrépito chelo que vagabundea, cansado, y apaga a Van en la paz de la improvisada alcoba.

Ese chelo, susurro piadoso de bolis que, enamorados, esperan de nuevo a la noche y, con la noche, a sus musas y a sus hojas de colores y de olores.

Desde entonces, cada tarde, cuando el ocaso asoma disperso para tejer cielos encapotados, yo enciendo, bajito, la radio, la vieja y destartalada radio, para que de ella fluya la voz rasgada y ronca de Van Morrison en el estudio, con El Abantos, anacoreta, de fondo.

Y en ninguna de esas tardes recojo, más nunca, mis hojas, ni mis folios, para que las letras sigan y sigan siendo trazos y los trazos, sigan y sigan siendo letras con la caligrafía de la inocencia.

Quedan ahí, pues, el boli y la hoja, la hoja y el boli; la hoja de sus versos escritos, el folio de mis dibujos a boli, juntos, en la soledad de la noche, guardados en mi memoria para que, así, siempre recuerden; para que, así, siempre se amen; para que, así, nunca el olvido.

(*”Someone like you makes it all worth while…”,’Alguien como tú hace que todo merezca la pena’, traducción de la primera estrofa de la canción ‘Someone like you’ , escrita e interpretada por Van Morrison, en 1987, en su disco ‘Poetic Champions Compose’ )


Texto y Documentación GráficaVirginia Rodríguez Cañete


 

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