TEATRO REAL DE MADRID: 200 Años de Historia, por Pilar Nogales

Este 23 de abril, a parte de ser el día del Libro en conmemoración de los fallecimientos de Cervantes, Shakespeare e Inca Garcilaso de la Vega, se celebra el bicentenario de la fundación del Teatro Real de Madrid, pues el 23 de abril de 1818 se colocó la primera piedra, si bien, debido a problemas económicos no se inauguraría hasta 1850.

Fernando VII, en su proyecto de revalorizar el país tras la Guerra de la Independencia, entre otras actuaciones, decidió remodelar la Plaza de Oriente, así conocida por su situación con respecto al Palacio Real. La idea fue puesta en manos del arquitecto Isidro González Velázquez, discípulo de Juan de Villanueva (de quien hemos hablado en ocasiones anteriores por ser el artífice de las Casitas de Arriba y Abajo de El Escorial o la remodelación de la Plaza Mayor). Según las indicaciones de Velázquez se demolió, el hasta entonces popular, Teatro de los Caños del Peral.

No obstante, no será González Velázquez quien diseñará y construirá el Teatro Real, sino que será el arquitecto Antonio López Aguado, autor, entre otras construcciones, de la Puerta de Toledo y o el Palacio del duque de Villahermosa, actual Museo Thyssen-Bornemisza.

López Aguado ingeniará una planta hexagonal irregular alargada, con dos fachadas principales, una hacia el Palacio Real y Plaza de Oriente y otra, menos espectacular, hacía la Plaza de Isabel II. El Teatro contaba con capacidad para unas 2.200 personas, 2 salones de bailes, 3 salones de descanso, una confitería, un tocador y un guardarropa, al más puro estilo de las grandes óperas europeas.

Reina Isabel II de España

La inauguración se produjo el 19 de noviembre de 1850, coincidiendo con la entonces onomástica de la la Reina Isabel II (en el Concilio Vaticano II, en 1959, se cambió la festividad de Santa Isabel de Hungría del 19 al 17 de noviembre). La obra representada fue “La favorita” de Gaetano Donizetti, con figuras de talla internacional como la contralto Maietta Alboni y la soprano Emilia Frezzolini.

Aunque la ópera fue un éxito y divertimiento de la aristocracia y la burguesía, los gastos de su construcción así como de sus puestas en escenas y mantenimiento hicieron que tras las enormes pérdidas de la primera temporada, su gestión saliera a gestión privada. Los empresarios no duraban mucho, pues uno tras otro iban abandonando por los mismos motivos; pese al gran éxito no se cubrían gastos. Aún así se pudo ver a Verdi en el Teatro Real con motivo de la representación inaugural de su obra “La forza del destino” en 1863, todo un acontecimiento, pues Verdi se había convertido en el autor favorito del público.

En teoría se debían representar un número determinado de obras de autores españoles, pero ésto no sucedía, siendo la primera ópera española estrenada la de “Ildegonda”, de Emilio Arrieta, el 26 de abril de 1854.

En 1867 sufrió un incendio y en 1868, con la instauración de la I República Española, su nombre se cambió a de Teatro Nacional de la Ópera. Pese a la convulsa situación española, el último cuarto del siglo XIX acogió a grandes voces y directores, tanto españoles como de ámbito internacional, lo que catapultaron la escena a nivel mundial como referente cultural: “Rienzi” de Wagner en 1876, Tomás Bretón, Ruperto Chapí y Emilio Serrano son una muestra de este apogeo que continuó durante los primeros años del siglo XX, cuando se pudo ver a María Barrientos, Ofelia Nieto, Puccini, Wagner o la Filarmónica de Berlín dirigida por Richard Strauss en 1908.

Sin embargo, la crisis política, económica y social que marcó el reinado de Alfonso XIII (Semana Trágica de Barcelona, Guerra de Marruecos, etc.) y que culminaría con la Dictadura de Primo de Rivera y posterior II República Española hicieron mella y causaron el declive del Teatro.

Nijinsky en una de sus actuaciones en 1917

Para intentar paliar los estragos, Rafael Calleja Gómez (compositor) y Luis París (escritor y empresario teatral) trazaron un plan de resurgimiento, trayendo a figuras de talla mundial donde pudo verse bailar a Nijinsky en una de sus últimas actuaciones en 1917 o a Stravinski con su ballet “Petruska” en 1921.

Nada pudo evitar una realidad evidente, los daños estructurales del Teatro Real que amenazaba con derrumbarse y que llevó a su cierre, por Real Decreto, el 6 de noviembre de 1925. Siempre estuvo en mente su remodelación, pero las obras no se llevaron a cabo debido al estallido de la Guerra Civil Española en 1936, durante la cuál fue usado como polvorín, cuya explosión daño aún más el edificio.

Allá por los años 60 del pasado siglo XX, se pensó en derruirlo y construir una nueva sala de conciertos, sin embargo se realizaron algunas mejoras para asegurar su estabilidad y se reabriría al público en 1966 para conciertos sinfónicos, como los de la Orquesta Nacional y los de la más reciente Orquesta Sinfónica de RTVE.

Desde 1988 hasta 1997, una vez inaugurado el Auditorio Nacional, el Ministerio de Cultura inicia las obras para su rehabilitación como sala de óperas. La reinauguración tuvo lugar el 11 de octubre de 1997, con la doble representación de las obras de Manuel de Falla “El sombrero de tres picos” y “La vida breve”, presidida por los entonces reyes D. Juan Carlos I y Dª Sofía y la retransmisión de TVE.

Más de viente años han pasado desde aquél día en que el silencio acabó para dar paso a la música y la vida, con obras encargadas a autores españoles para la ocasión así como la representación de clásicos internacionales de todos los tiempos. También es usado, desde el año 2012, para la realización y retransmisión del Sorteo de la Lotería de Navidad. Arquitectura, historia, música y danza se aúnan en un edificio emblemático del centro de Madrid que nos abre sus puertas cada temporada, y especialmente en ésta, la de su aniversario.


Texto: Pilar Nogales – pilar_nogales_g@hotmail.com

Documentación Gráfica: Marisa Ortega. Creative Commons


 

 

 

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