SUAVE AUTORIDAD, por Silvia Arcas Guijarro

Como cada tarde el jueves, en esos minutos previos al inicio de la clase de kárate, la sala del gimnasio estaba atestada de niños que correteaban en todas las direcciones, desplegando un frenesí de loca actividad descontrolada. Niños empujándose, abalanzándose unos sobre otros, discutiendo para reconciliarse unos segundos después, abriendo armarios y esparciendo sin clemencia su contenido de aros chocando estrepitosamente contra el suelo y pelotas rebotando por cualquier parte.

Los padres abrían tímidamente la puerta de la estancia e introducían a las pequeñas bestezuelas, exhortándoles inútilmente a portarse bien, pese a saber que no acatarían su mandato, con un ligero atisbo de compasión por el nuevo instructor de kárate que a partir de ese día, se haría cargo de las hordas infantiles. Instructor al que habían precedido cinco candidatos fallidos, incapaces de tolerar aquellos infernales niveles de estrés. Pero el estado de fugaz misericordia se extinguía tan pronto como cerraban la puerta tras de sí para conquistar una preciosa hora de libertad.

Calcetines y zapatos desparejados se desperdigaban por el tatami, compitiendo por el escaso espacio disponible con los aros, las pelotas y un variopinto amasijo de chaquetas, gorros y abrigos entrelazados en caóticas formaciones. ¿Cómo comenzar aquella hora de clase si ese tiempo apenas bastaba para dar fin a la contienda e imponer algo de orden?.

Por eso nadie se percató de la entrada del nuevo instructor, ni en su sereno avance hacia el centro de la sala. Quizás también porque se trataba de alguien muy joven, casi un adolescente que no aparentaba cumplir la veintena, ni reunía esa presencia de autoridad necesaria para aplacar a tan febril auditorio.

Hizo el profesor ademán de hablar, pero su voz se ahogó entre la cacofonía de aullidos, risas y grititos histéricos. Manos y labios entretejían un discurso en voz queda, reforzado por ademanes mesurados que fue totalmente desatendido por la algarabía infantil, impasible ante la autoridad que imponía su cinturón negro.

Renunciando mansamente a cualquier expresión de firmeza, parecía abstraído, desplazándose por el tatami con extrema lentitud, en el parsimonioso afán de buscar algo. Actitud plácida e indiferente que pronto llamó la atención de algunos chiquillos, dedicados a revolotear a su alrededor como polillas atraídas por la incandescencia de una vela, hasta tal extremo que cuando halló lo que buscaba, un corrillo de niños, hambrientos de curiosidad, frenó su actividad para observarle.

Pero el maravilloso secreto que sus manos ocultaban era un simple par de chanclas, de esas que en verano se usan para ir a la piscina o dar paseos por la playa. A tan incomprensible suceso le correspondía, según la lógica infantil, una extraordinaria explicación y un cada vez más nutrido grupo de niños se devanaba los sesos en crear hipótesis plausibles. ¿Arrojaría el profesor las chanclas por la ventana o las sostendría sobre su cabeza con alarde acrobático?. Mas nada de eso hizo, pues se limitó a depositarlas con delicadeza y en perfecta alineación en el extremo izquierdo del tatami.

Una morenita, con el pelo ensortijado como nido de gorrión, no cabía en sí de éxtasis y corrió a buscar sus zapatillas para juntarlas con las del profesor con la misma indolente dignidad, iniciando así un juego al que fueron sumándose, uno a uno, el resto de los pequeños, hasta que todos los zapatos quedaron colocados en ordenada sucesión, componiendo una primorosa fila.

Cuando los padres regresaron para recoger a sus chicos, se encontraron ante la insólita hazaña de verles ordenar la sala, siguiendo dócilmente y en silencio las indicaciones del profesor. -¿Cuál es el secreto?- Preguntó una madre atónita.

-El profesor predica con su ejemplo-


Texto: Silvia Arcas – silviaarcas@gmail.com

Documentación Gráfica: Creative Commons.


 

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