SIN ALIENTO, por Silvia Arcas Guijarro

Madrid despierta al alba tímidamente, tenues rayos de luz se filtran entre los tejados e iluminan las azoteas, pero las sombras de la noche se ciernen aún sobre las fachadas de los edificios, oscurecen los portales como bocas de lobo, se ocultan tras las esquinas y juegan al escondite con la luz espectral de las farolas, difuminando los contornos de las calles.

Unos pocos transeúntes salen de sus casas, enfundados en pesados abrigos para combatir el frío matinal y se dirigen presurosos en dirección a sus coches o a la boca de metro más cercana, pequeñas figuras diseminadas en todas las direcciones que emergen repentinamente bajo un haz luz, para ser de nuevo devoradas por la oscuridad.

María corre, sintiéndose libre, poderosa, desafiando al frío con sus pantalones cortos y un ligero chubasquero, sin más carga que una pequeña mochila a la espalda. Escucha, en el silencio de las calles, el ritmo acompasado de sus pasos sobre el pavimento, apenas amortiguado por la suela de sus deportivas, toc, toc, toc, una inhalación de ese aire frío que arrebola las mejillas y despeja la mente, toc, toc, toc, una exhalación de aire tibio que el cuerpo caldea tras el vivificante esfuerzo y se diluye como una efímera nube de vaho.

Cruza la puerta del retiro y se complace en abandonar el asfalto para sentir la tierra crujir bajo los pies. Observa con deleite la elegante silueta de los árboles, respira el fresco aroma de la vegetación y corre veloz por los solitarios caminillos que flanquean el lago, cuando cree percibir un ligero ruido de pisadas tras de sí. Se gira abruptamente, pero entre las sombras tan sólo distingue los troncos de los árboles, sus copas de ramas retorcidas y los setos arbustivos, componiendo una delicada imagen de bucólica inocencia. -Un eco de sus propios pasos- se dice y continúa la marcha, pero acelera el ritmo.

Transcurridos escasos metros, las pisadas tras de sí se aprecian con una mayor claridad y al volverse de nuevo, observa una temerosa ardillita saltando de rama en rama. -Será eso- piensa, pero prosigue su carrera con un escalofrío recorriendo la espina dorsal.

Las pisadas se multiplican y para en seco, dispuesta a hacer frente al desafío, blandiendo su pequeña mochila en todas las direcciones para abatir a un posible agresor que sin embargo, no consigue discernir. Entre los arbustos, descendiendo por el tronco de los árboles, aparecen cuatro ardillitas, que en un instante se tornan seis, luego diez y quince, a continuación. Sintiéndose como la heroína de aquella película de Hichcock, brutalmente acosada por lo que deberían ser encantadores animalillos, duda de su cordura y comienza a gritar.

Una figura acude a su llamada, su contorno difuso en la distancia, cobra nitidez al acercarse. Aparece ante sí un hombre robusto, con el inconfundible uniforme de los jardineros del parque, portando un pesado fardo sobre su hombro derecho, que bien podría ser una mochila. -No te asustes de mis chicas- exclama- ¡Se vuelven locas cuando ven una mochila¡. Estamos alimentándolas, en el invierno, ¿sabes?, aquí escasea la comida- Y mientras explica, extrae el contenido, esparciéndolo generosamente por el suelo, una densa mezcla de pienso y frutos secos. Las ardillas corretean a su alrededor entusiasmadas. Algunas, impacientes, ascienden por sus brazos y roban el delicado néctar de sus manos, para devorarlo golosas al abrigo de la profusa vegetación.

Una desconcertada María, le sonríe tímida y huye con pies ligeros, demasiado abrumada para consumir unos segundos en despedirse. Emprende una loca carrera a trompicones, en pos de la salida, perdiendo el equilibrio y la compostura, tropieza varias veces y está a punto de ser arrollada por un ciclista que, al pedalear despacio, logra esquivarla con un sutil viraje del manillar.

-Afortunadamente para él, piensa – María no lleva mochila-


Texto: Silvia Arcas Guijarro

Documentación Gráfica: Creative Commons.


 

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