SIGUIENDO EL SENDERO – RUTA: PICO DEL NEVERO, por Francisco Nieto

Esta ruta nos lleva a conocer uno de los neveros donde se acumulaba la nieve todo el año: el nevero de Navafría, acostado a la sombra del pico del mismo nombre

Algo tan simple como ir a por hielo al congelador, que lo hacemos sin prestar mayor atención, hasta no hace mucho era algo más complicado y desde luego, mucho más valorado. Antaño se requerían cuantiosas inversiones, la participación de docenas de abnegadas personas y unos preparativos que hoy se nos antojarían inverosímiles para obtener los transparentes cubitos.

Para empezar, había que esperar a que el invierno hubiese sido generoso en nieve, buscar un sombrío lugar donde ésta no faltase en todo el año, algo que no era posible en la mayoría de los sitios, después había que cavar en el monte un pozo de cuatro a seis metros de ancho y de seis a diez de profundidad, forrarlo con mampuestos de granito y construir encima una casa grande y bien techada, que sirviese a la vez de cámara aislante y de refugio para los operarios implicados en el proceso. Los neveros, que así se llamaban, entraban en acción en invierno, arrojando al pozo bloques de nieve que se compactaban por efecto de la caída e intercalando a alturas regulares –cada metro o metro y medio– capas de helechos, paja o piornos para optimizar la conservación, lo cual exigía ir turnándose allá abajo para no quedarse helados.

Si ya fatigoso resultaba su oficio en invierno, expuestos a ventiscas e inclemencias, no era mucho más cómodo en verano, pues tenían que sacar y cortar el hielo en bloques, cargarlo en serones de esparto, bajarlo en mula por empinadas sendas a los pueblos comarcanos y despacharlo antes de que saliera el sol fundidor.

Para hacernos una idea del coste de todo este proceso, se sabe por vales de compra fechados en 1906, que Manuel Martín Delgado, último dueño del pozo del Tiemblo, vendía la arroba (11,5 kilos) a tres reales, que, para que nos hagamos una idea, era la tercera parte del salario diario de un agricultor o un artesano (unas dos pesetas), pero bien que lo valía el trabajo de aquellos esforzados neveros. En Madrid, llegaba alcanzar los 20 reales la arroba en pleno verano, ya se sabe que la capital siempre ha sido cara.

La ruta

Precisamente esta ruta nos lleva a conocer uno de los neveros donde se acumulaba la nieve todo el año: el nevero de Navafría, acostado a la sombra del pico del mismo nombre.

Valle de Navafría

Para ello, nos acercamos al puerto de Navafría (1.773 m), límite entre la Comunidad de Madrid y la de Castilla y León y que une a Lozoya (Madrid) con Navafría (Segovia).

De todos los puertos del Guadarrama, el de Navafría es secretamente el menos transitado. No siempre sucedió así. A principios del siglo XV, Rodrigo Manrique (anónimamente famoso por las coplas que su hijo Jorge le dedicó a su muerte) escribió: “De Lozoya a Navafría, / cerca de un colmenar/topé serrana que amar/ todo hombre codicia habría”.

Lo anterior indica que, en un día propicio, el lugar debía de ser frecuentado por apicultores, poetas y vaqueras de buen ver, entre otros. Y aun antes, en tiempos de Alfonso XI, el puerto de Çega –así llamado entonces– hubo de ser un paso habitual de cazadores, a juzgar por la abundancia de osso en verano et en yuierno, et de puerco a las vezes (‘Libro de la montería, III, X’).

Desde este puerto comenzamos a caminar en dirección noroeste, dirigiéndonos al refugio que nos aparece a escasos metros del puerto, sede del Centro de esquí nórdico de Navafría, por la llamada pista de Navalcollado, amplia y sin apenas pendiente. Las vistas a nuestra derecha, hacia el valle de Navafría, nos muestran su espléndido pinar, y cuando el bosque lo permite, todo su valle.

A unos 3 kilómetros del puerto llegamos al Mirador de Navalcollado, que también sirve de refugio de montaña en invierno en su parte inferior, con unas bonitas vistas a los bosques de la parte segoviana y al Cerro del Hornillo. A ambos lados de las escaleras de acceso existen unas placas en homenaje a la labor en favor de la persistencia del pinar de Navafría.

Hito de la cumbre del Pico del Nevero

Continuamos el camino, para, a pocos metros, desviarnos por otro que nos sale a la izquierda, en dirección oeste, con algo de pendiente. Pronto nos sale otra bifurcación, de nuevo seguimos por la izquierda, en dirección suroeste. A partir de aquí, comienza la parte más dura de la ruta, donde debemos salvar unos 400 m de desnivel ascendente casi constante durante algo más de una hora por la loma del cerro de los Colladillos.

Poco a poco iremos viendo cómo cambia el paisaje y cómo los pinos van dejando paso a los piornos y otros tipos de arbustos bajos, propios de las praderas alpinas. Conforme nos acercamos a la cima de la cuerda, el entorno se vuelve más desértico, pero mejorando en vistas.

En esta zona abundan restos de trincheras y parapetos de la Guerra Civil que podemos observar a ambos lados del camino. Desde esta altura, en el lado sur, se puede disfrutar de una de las mejores panorámicas del valle de Lozoya, el pantano de Pinilla, la Bola del Mundo, Valle de Rascafría, el macizo de Peñalara y gran parte de la llanura segoviana.

Por decirlo en verso: Rodeado de frondosos y altos montes, / se extiende un valle, que de mil delicias / con sabia mano ornó Naturaleza. / Pártele en dos mitades, despeñado / de la vecinas rocas, el Lozoya,/ por su pesca famoso y por sus dulces aguas (Gaspar Melchor de Jovellanos).

Y a lo lejos, comienza a divisarse el hito que marca la cumbre del Pico del Nevero (2.209m), al que no tardamos en alcanzar. Este pico ocupa el noveno puesto en el ‘top ten’ del Guadarrama, a pesar de ser monte pelado, sin carácter, al filo de la montaña, límite entre las comunidades de Madrid y Castilla y León, y además es una de las más altas de los Montes Carpetanos, alineación montañosa que sin cumbres pronunciadas y casi manteniendo la cota se extiende a lo largo de más de 50 kms en el extremo norte de la Sierra de Guadarrama.

Bajo la rectangular sombra del hito descansamos mientras nos tomamos los bocadillos, dejando perder la mirada en el amplio horizonte, que desde aquí es casi infinito, lo que hace que sea uno de los mejores miradores de la sierra, por ser el entorno que rodea al Nevero de particular belleza.

Lagunillas del Nevero

Tras haber mermado el cansancio, proseguimos en dirección noreste hacia el mirador de las lagunillas, siguiendo el sendero PR-32, al límite de la cornisa y con cuidado de no caer por los paredones de lo que hace miles de años fue el circo de un glaciar, del que como vestigio se conservan unas preciosas lagunillas de aguas cristalinas denominadas “Los Hoyos de Pinilla”.

Aunque todo el mundo asocia Peñalara con su laguna glaciar, poca gente conoce que aquí, hasta cinco hoyos socavan las laderas de solana de los montes Carpetanos, todos ellos formados hace 50.000 años: desde los de la Cantera y la Nevera, al norte del puerto de los Neveros, hasta estos de Pinilla.

El circo Hoyo de Pinilla lo forma esta pequeña laguna, de poca profundidad, y otra más a la derecha un poco más profunda, aunque pueden llegar a verse tres con más agua y que no llegan a secarse por el estiaje. Su aspecto cambia radicalmente en primavera y en invierno, y es justo encima de las lagunillas donde está situado el nevero, objetivo de nuestra excursión, que solía presentar una silueta en forma de “Z” reconocible todo el año, pero eso era hace unas décadas, antes de lo del efecto invernadero y la destrucción de la capa de ozono.

Antes de que se abriese la carretera del puerto de Navacerrada en 1788, los madrileños se refrescaban con la nieve procedente de este nevero y el de los ventisqueros del Ratón y del Algodón, próximos a Miraflores pero a partir de esa fecha comenzaron a explotarse con mayor provecho los de la vertiente meridional de las Guarramillas (Bola del Mundo): el de la Estrada, los dos del Regajo del Pez y el de la Condesa.

Dejamos el nevero y su nostálgica historia y continuamos el recorrido por la cuerda hacia el Alto del Puerto, contemplando nuevamente huellas de la guerra civil, como trincheras de piedras en las que se abren las bocanas para los fusiles, nidos de ametralladoras, algunos en buen estado de conservación, al igual que puestos de mando o pequeños bunker, todo ello remozado con excelentes vistas del Lozoya, el embalse de Pinilla, Peñalara y la Cuerda Larga, ¿qué más se puede pedir para sentirse en el cielo?.

La senda continúa por un descenso cada vez más pronunciado, con tramos pedregosos antes de internarse en un hermoso pinar, siguiendo una cerca de alambre. Tras una vertiginosa bajada, llegamos de nuevo al puerto de Navafría, cerrando así esta ruta circular de grandes contrastes, con historia y excelentes vistas.

Ficha técnica:

Inicio: Puerto de Navafría

Código QR

Final: Puerto de Navafría

Tiempo: 3 a 4 horas

Distancia: 11 km

Desnivel [+]: 655 m

Desnivel [–]: 496 m

Tipo: Circular
Dificultad: Baja

Pozas y agua: No
Apta para niños: Sí

Época recomendada: Primavera y otoño

Ruta: 66 del GMSMA

Embalse de Pinilla visto desde el Pico del Nevero

Texto: Francisco Nieto – fpaconi@hotmail.com

Documentación Gráfica: Francisco Nieto – Grupo Mágico de Senderismo Miércoles con Antonio 

Enlace donde se podrá obtener información adicional y los track para seguir la ruta con GPS


 

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