OTOÑO, silencio… por Virginia Rodríguez

A VOSOTRAS, AL COLOR QUE DECORA LAS HOJAS DEL OTOÑO
A Silvia, Susana y Laura; porque estáis, lo sabéis, ¿verdad?

El caso es que Ruth le dice a Noemí: “No me ruegues que te deje y que me aparte de ti; porque dondequiera que tú fueres, iré yo; y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios será mi Dios”

Silencio. Desabrido y ronco. Arisco.
Y una lágrima.

Así se resume mi Biblia. La que me ata a España, la que me ata a ti. Y a ti, y a ti.
Silencio.

Tatuado en los poros de mi pena y en la dermis de una obstinada morriña que sin consuelo se ceba conmigo esta mañana, acaricio absorta ese texto mientras mis rasgos, ya maduros, desencajan su gesto, más quebrado que nunca, al saber que, de nuevo, me despediré de vosotras.

Se le desgarra a una el alma con el sonido chirriante y rotundo de la cremallera al cerrar. Allí queda muda, inerte y fría, la maleta; allí, en medio de un salón deshabitado que justo ayer bailaba divertido con los juegos distraídos de las nenas.

Una maleta muda y yo con el alma rota.
Silencio.
Y otra lágrima.
Y otra. Y otra.
Y otra.

A veces quisiera liberar mi mente de pisadas, desatarme de los surcos de aquellos que caminaron por ella, vaciarla de vivencias, de gentes, de pasados, quedarme sin recuerdo alguno con el que reencontrarme en cada esquina. Y volver a empezar de nuevo. Retar entonces al destino y provocar a mi suerte, mirarle cara a cara, sin miedos, sabiendo que uno nunca pierde cuando apenas guarda.

-“Alguna razón tendrán las aves para no dejar huellas ni rastro de sus vuelos en el aire”, me digo convencida.

A veces quisiera sí y otras, otras desearía no trazar más recorridos en mis puntos suspensivos porque, de algún modo, quiero creer que el azar tropezaría de nuevo con vosotras y volvería así a sentiros como hoy os siento, como el otoño de mis veranos, ese que, orgulloso y presumido, coquetea entre las faldas cansadas del Abantos y el oleaje manso del Pantano de Valmayor, cuando el verano apenas ha empezado a soltar amarras y sucumbir.

Envuelta en un aura de mirada lánguida, el alma empapa su esencia en infusiones de amargores dulces; acíbares colmados de recuerdos, bálsamos de aromas inventados que apenas ahogan esa pena, terca y porfiada cuando, vencido, se le arrodilla el estío.

Silencio.
Silencio a gotas, silencio a charcos, silencio a llantos.
Quieto todo. Mudo.
Silencio.

Es entonces cuando, serpenteando emociones entre quejidos baldíos y quimeras huecas e invadida por el atardecer de la melancolía, cierro mis ojos para escuchar el rumor repentino de la hojarasca que, sin burlas, acaricia suavemente mi cara.

Y me empapo así en la frescura húmeda de las primeras lluvias, aquellas que, cariñosas, abrazan con ternura estas lágrimas que caen desconsoladas y despiertan el olor intenso de un otoño que amanece, tímidamente sereno, entre los últimos zarandeos cálidos de mis días en el país que amo.

-“No más llantos”, susurra bajito la brisa en un remolino de formas hechas y desechas.
–“No más llantos”.

Mientras, la mirada huye y se cobija en cicatrices sin estelas ni rastros buscando ese calor que el sol codicioso ya no presta.

-“¡Cuánto duele la ausencia!”, me digo, “¡cuánto!”

Pero el otoño, cariñoso y afable, asoma sutil para calmarme cual duende huido de entre páginas de cuentos, de aquellos que aún hoy recordamos cuando miramos atrás, tan atrás que la memoria se quiebra.

En un silencio inundado de pasados descosidos, el devaneo febril del verano derrite lentamente sus sedientos oros, sus verdes aceitunados,agotados de resbalar, año tras año, entre las hojas coloreadas del sosiego resignado.

El otoño. Y en él, mi adiós, mi agur, mi chao, mi ‘hasta la vista’.

El otoño. Y mi ‘hasta más ver’.

Armonía tolerante y sumisa, que nos otorga a todos el hábito veterano de la madurez.

Espesura serena donde convergen los rojos llameantes del laberinto adolescente y el zigzag ocre y manso de la experiencia; espesura serena en la que cada hoja es pincelada y cada pincelada un cuadro entero.

Otoño.

Ese que, seductor y de puntillas, conquista airoso los parajes resguardados de mi vida; ese que decolora coloreando los rincones mustios donde se me amontonan las penas por sentiros lejos.

Más sé bien ya que, cuando esos árboles de savia marchita queden huérfanos de los lienzos de sus hojas, el cielo cubrirá su desnudez con las mismas gradaciones que en otros tiempos cobijaron su semblante.

Otoño.

Reflejos de una vida medio hecha, mezcla de pasiones juveniles y de la aceptación madura del que asiente; marrones decaídos de quien supera fases.

Otoño.

Bullicio encendido y crepitante que no deja lugar al sonido ahogado y triste del suspiro. Recuerdos verdinegros que, seducidos por el alma taciturna de la espera, amarillean sosegados a la par que las copas de estos árboles distraídos, reflejo calmado de viejos y ancianos que un día también fueron niños y también soñaron.

Otoño.

Vivir y renacer en uno mismo. Revivirse, acariciarse en experiencias y exquisitos momentos donde hasta lo ajeno deja huella. Pestañear indelebles a nuestro pasado, caminando a ritmos de un latido glotón que devora la vida a sorbos y bebe, a mordiscos, el improvisado mundo de pieles en contacto, siempre inolvidables.

Así es él, el otoño. Descaradamente plácido, imperturbablemente vivaz. Divino.

Otoño.

Ese de tierras húmedas donde el rocío teje ajedreces entre telarañas; ese donde el roble enamora por siempre a la encina. Ese. Ese donde el olor sacia su gula con el aroma del enebro y el perfume de los fresnos; ese donde, retamas y jaras, cincelan texturas a la melancolía.

Armonía.

Otoño.

Y yo, sin vosotras cerca.

Explosión de colores que, con envidia recelosa, repiten las pinturas flamencas y las bóvedas al fresco que, entre sí, trenzan y hacen único al Monasterio.

¡Ay, mi Escorial, mi Monasterio!

¡Ay de mí sin vosotras!

Otoño.

Eso, eso es el otoño. Mi otoño.

Y vosotras.

Otoño.

Barullo despeinado de elegancias infinitas; poses refinadas, azucaradas y mansas, donde el alma, sin pudores de lo ajeno, desnuda su esencia y se impregna de la exquisita abundancia que trajeron los días hechos de vosotras.

Otoño. Mi otoño. Nuestro otoño.

Sentada en un banco donde por fin reposa agradecida mi calma, en silencio le respiro intenso. Me empapo de él hasta que la sonrisa cubre mi cara y allí os escribo, en un aburrido trozo de papel que encuentro en el bolsillo.

A vosotras, al color que decora las hojas del otoño:

“Estáis, os veo y os siento. Estáis amigas, estáis.
Allí, sentadas en el eco adormecido de vuestra ausencia imborrable;
en la sinuosa escala de vacíos mudos cuyos rastros enmarcan piruetas rotas de amargos llantos.

Estáis en los recodos espigados, en las esquinas ahogadas de recuerdos, en los rincones descubiertos donde las almas gozan de los sueños como si en ellos la razón huyera de sí misma para no mirarse nunca.
Estáis en las ganas locas y en la cuerda sensatez de la espera adulta;
estáis en los rostros sin cara y en las que todas son vos; estáis en el uno y en el dos, en el tres, en el cuatro….estáis en letras y ecuaciones, en recetas de cocina rápida, en los libros de otro idioma que escriben nombres, los vuestros, y les regalan enes.
Estáis en mi cuenta atrás pensando que luego se me vendrá hacia adelante;
y en mi horizonte hueco donde me faltan montañas enmarañadas de flores, arbustos, y escarchas.
Estáis, lo sabéis, ¿verdad?”

Cuadro pintado a bolígrafo por Virginia Rodríguez

Texto y Documentación Gráfica: Virginia Rodríguez Cañete


 

 

 

 

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