OPORTUNIDAD, por Silvia Arcas Guijarro

Entró en la peluquería media hora antes de lo habitual para reponer las estanterías con los nuevos productos cosméticos adquiridos el día anterior, pero se entretuvo primero en encender los calefactores para caldear la estancia y en tratar por enésima vez de eliminar las viejas, persistentes, manchas de tinte sobre el lavabo con aquel limpiador nuevo, del que no esperaba tampoco esta vez gran eficacia, pese a prometer maravillas en su eslogan publicitario.

Caldear y limpiar eran actividades importantes que requerían rapidez, precisión, porque pronto llegaría Doña Paz, la primera cliente de los martes, a quien le gustaba madrugar, víctima quizás de ese pertinaz insomnio que padecen algunos ancianos y que los mantiene en pie desde primeras horas de la mañana.

A Paz le gustaba usar para lavar su cabello, ese dichoso lavabo manchado de tinte más que ningún otro, porque siendo persona friolera, se disponía próximo al calefactor, pero mujer escrupulosa también, se daría cuenta sin duda de cada uno de sus desperfectos.

Y tan absorta estaba Elisa en estos pequeños quehaceres, que apenas había dispuesto unas pocas cremas en el estante, cuando entró la jefa acompañada de sus tres peluqueras. Alegres, coquetas, se deslizaban por el saloncito como expertas bailarinas y se afanaban con elegancia, en ese delicado ritual de preparar cada uno de sus puestos para la llegada de la clientela, enumerando y clasificando las lacas de uñas irisadas, los rulos de variados tamaños, los diminutos bigudíes y esa multitud de extraños cepillos de formas distintas, cuyo uso todavía no lograba discernir. ¡Cuánto las envidiaba¡

Soñaba con un bonito y amplio local, con paredes pintadas de rosa, grandes espejos, pero pasaba los días barriendo suelos, fregando baños, sumergiendo los cepillos en una solución caliente de agua jabonosa…Soñaba con su nombre impreso en un gran rótulo en la puerta, sus iniciales inscritas a todo color en las tarjetas de visita, pero sólo era la chiquilla de los recados, la encargada de traer el café del bar y pedir cambio en la panadería de la esquina. Quería crear maquillajes exóticos, elaborar sofisticados peinados, rizar pestañas, cubrir uñas de purpurina…pero tenía tan sólo 18 años y era, simplemente, la aprendiza.

Y en estas ensoñaciones se perdía, mientras guiaba hacia su asiento favorito, asida del brazo, a la recién llegada Paz, no confiando del todo en que la suciedad del lavabo se librase de su escrutinio. Por eso no oyó a la primera, sino a la segunda repetición el mandato de su jefa:

Chiquilla, ¿qué te pasa?, ¡siempre estás en Babia¡. Te estoy diciendo que del peinado de Paz te encargues tú.¡ Y a ver que la haces, ponla guapa¡. Hoy va a visitar a su hermano a la residencia…-

Una burbujeante efervescencia de posibilidades pasó por su mente azorada, ¿desfilar el flequillo?, ¿recortar las puntas?, ¿ondular la melena?…El rubor ascendió a sus mejillas y no consiguió articular palabra. Las peluqueras, divertidas por su turbación, la tomaron el pelo.

La pequeña Elisa se dirigió al viejo lavabo desportillado con firme determinación y pensó:

Hoy, es el primer día de toda mi vida-


Documentación Gráfica: Creative Commos


 

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