MILAGROS, por Silvia Arcas Guijarro

Volvía por la autopista en dirección a casa, con la imagen del abuelo postrado en la cama del hospital, ese querido rostro transfigurado por el cansancio y el dolor, en un duerme vela continuo. Las manos conservaban aún ese olor característico a desinfectante y medicinas, que ni siquiera las toallitas húmedas podían eliminar, no renunció a intentarlo sin embargo, comprobando con una mueca de desagrado que tras frotarlas vigorosamente, la piel quedaba impregnada de un repelente olor a antiséptico perfumado.

Anhelaba llegar pronto a casa y darse una ducha caliente, borrar la dolorosa imagen de su mente y desentumecer el cuerpo contraído por tantas horas de inmovilidad, en aquella incómoda silla al pie de su cama. Tomar una cena frugal, para calmar esa punzada de dolor en la boca del estómago, producida posiblemente por tantas horas de ayuno. Pero dudaba, ¿era hambre o tal vez, miedo?.

Los médicos le habían dado algunas esperanzas sobre su recuperación, aunque no las suficientes para exorcizar esa terrible ansiedad. En aquellos difíciles momentos, envidiaba el fervor con que algunas personas invocaban a su Dios, confiando en que un extraordinario poder curativo descendería hacia ellas para salvarlas, pero él no podía refugiarse en aquel sencillo consuelo de los creyentes. Y, no obstante, deseaba, con todas sus fuerzas, creer en los milagros.

En la cama 212 del hospital yacía todo su mundo. Sin hermanos e hijo de padres emigrantes, había sido criado con tierna abnegación por aquel hombre bueno, que fue su padre y su madre. Renunciaba a tener futuros éxitos que no pudiera compartir con él, no concebía ningún dolor vital sin el abrigo de su amor ni de su consejo.

Y abstraído en estos negros pensamientos, tardo un rato en percatarse de que los coches que iban por delante de él se apartaban ligeramente para evitar arrollar algo. A través de una grieta en el pavimento se asomaba, orgullosamente erguida, como un diminuto milagro…¡una frágil flor!. Tuvo la súbita confianza de que era posible florecer en las situaciones difíciles y de que se podía confiar en la ayuda de las personas.

La tensión acumulada durante tantos días nublo sus ojos de lágrimas, pero contra todo pronóstico, comenzó a reír. Despojado de los férreos confines de su edad adulta se trasmutó en un niño espontáneo y maravillado.

Y supo que el abuelo iba a vivir.


Documentación Gráfica: Creative Commons


 

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