LOS MOLINOS: Coloniales, colmados, ultramarinos y boticas… Por Marta Martín Fernández

En Los Molinos, como en otras tantas localidades el comercio ha cambiado totalmente, los pequeños negocios han desaparecido casi por completo y con ellos la fisonomía de las calles.

Con la ausencia del pequeño comercio ha desaparecido ir a la compra todas las mañanas; ir a la pescadería el jueves – cuando es más fresco el género-; pasar por la frutería a ver si hoy han llegado plátanos…

Mi abuela me llevaba todos los días a realizar el recorrido, primero a la Huerta del General, a ver si tenían judías o tomates en condiciones. Yo me moría de miedo entre las tumbas de los gatos con sus lápidas de azulejo y la aparición de Sagrario Faura con el sombrero encasquetado hasta los ojos y los ojos emborronados en pintura negra. Después miraba sus labios de rojo intenso y unas manos de esas que dicen en las novelas son un manojo de sarmientos.

Después del soponcio, a recorrer las tiendas, más que porque necesitara mucha cosa en la despensa para socializarse, vamos para cotillear y enterarse de todo.

Un patio daba entrada a la frutería y pescadería de “La Luci”. En el centro un racimo de plátanos colgado de la parra y unas cuantas sillas, allí se ventilaban las noticias más recientes, los cotilleos más feroces, los pésames y las felicitaciones. Marita escuchaba atenta mientras sus padres trajinaban por la tienda, yo me sentaba y esperaba.

Las judías blancas, los garbanzos, harina y otras legumbres venían en enormes cilindros de cartón, donde un niño mediano podía desaparecer. Tanto en Ultramarinos Piral, en la plaza del ayuntamiento; como en el Colmado de Clemente, en la calle real; dónde la Sra. Cándida o en Salgado en el comienzo de la calle apeadero de la estación, te servían el “mandao” en un cucurucho de papel de periódico. Mientras esperábamos la vez, me entretenía mirando los dibujos y colorines de los productos estrella: latas de membrillo, café, cajas de galletas, alguna botella de sidra y de anís… expuestas sobre endebles estanterías y me asomaba de puntillas al mostrador de madera donde un mandil no blanco, blanquísimo, se movía de allí para allá. También me entretenía revolviendo con la mano en los barriles de legumbres hasta que me regañaba mi abuela.

A veces me asomaba a la oscura trastienda de Salgado donde se amontonaban varios pellejos de vino, que no eran gigantes, como pensó Sancho, pero olían fatal.

En la tienda de Evaristo envuelta en aromas de salazones de pescado y jamones colgados de varas de fresno, me llevé un buen manotazo por tocar las sardinas ahumadas colocadas en espirales perfectas.

Pasábamos lo último a recoger los yogures, que recetaba el médico y había que encargarlos en la Botica de la plaza de la iglesia.

No pasaban días sin acercarnos a correos a ver si había llegado carta de mis tías emigradas a Europa o con suerte habían enviado algún paquete.

Las mercerías eran indispensables porque todas las mujeres cosían en sus casas, ya fuera ropa, arreglos o bordados para los ajuares. La cuñada de Ataúlfo Argenta abrió El Estío, una mercería muy cuca en la entrada de la calle de la estación, en una casa de piedra que también alojó una carnicería y una pastelería. Yo prefería ir, en este caso con mi madre, a la mercería El Carrascal donde encontrabas de todo y Maruja te atendía con tanta amabilidad que de allí no salías sin haber comprado algo. La Favorita era mercería y droguería y la tienda estaba tan abarrotada que el Sr. Ángel apenas podía rebullirse dentro. Justo detrás de él estaban expuestas las colonias, Heno de Pravia, Myrurgia, Varón Dandy o Lucky que podías comprar a granel, llevabas tu frasco y él te la rellenaba con un medidor de cristal. También, si podías permitirte el lujo, comprabas un frasquito con su caja, inolvidable el frasco de Heno de Pravia en forma de cesto.

Las carnicerías eran numerosas, por aquello de la carne de la sierra, Antón, Serrano, Chiquín, Puente, Hachas y los pedidos te los llevaban a casa.

Podías comprar un melón o una sandía en un tenderete en la travesía del Calvario,

Era normal que los mismos comerciantes repartieran sus productos por la zona de la colonia: pasteles recién hechos en un cesto; judías verdes y peritas de San Juan; pan, hielo… Antonio “el mielero” era mi preferido, con su guardapolvo azul, su boina, las alforjas donde iban los quesos, la cuba con la miel, que sacaba con una cuchara y un cesto de madera con dos tapas lleno de cangrejos sobre unos helechos…


Texto: Marta Martín Fernández – marta.cultura@ayuntamiento-losmolinos.es

Documentación Gráfica: Archivo fotográfico del Excmo. Ayuntamiento de Los Molinos.

Ilustración: de Félix Bernardino.

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