LIGEREZA Y TRASCENDENCIA, por Silvia Arcas Guijarro

No quería pensar demasiado porque, cuando frenaba toda actividad, venía el recuerdo súbito de aquel día aciago. Rememoraba una y otra vez ese instante, en el que al pretender levantarse para ir a trabajar, sus pies no tocaron el suelo, el terror de sentir la parálisis de medio cuerpo y la imposibilidad de hablar para solicitar ayuda. La opresiva sensación de sentirse encarcelado en ese cuerpo que se negaba a reaccionar, desobedeciendo los dictados de su espíritu.

Había pasado un año desde el ictus cerebral, pero todavía se desvelaba por las noches angustiado tras revivir la misma pesadilla sumergiéndose, durante unos minutos que parecían eternos, en un limbo de aturdimiento y confusión del que tardaba en desprenderse para recobrar la lucidez y constatar aliviado que tenía voz y podía caminar.

Largo fue el proceso de su rehabilitación, una penosa sucesión de obstáculos superados con extenuante esfuerzo. Había logrado retomar su actividad laboral y todas las pequeñas responsabilidades cotidianas que rigen la vida familiar, sobreponiéndose con alma indómita de superviviente a un cuerpo maltrecho y a una mente secuestrada por el miedo. Y, sin embargo, ya no se reconocía a sí mismo en ese autómata, desposeído de su energía vital que atendía a sus clientes sin pensar y besaba a sus hijos sin sentir. Se buscaba desesperadamente, pero no podía encontrar el camino que le devolviera a sí mismo, a su peculiar sensibilidad, a la alegría y espontaneidad del hombre que había sido.

Aquella sofocante mañana de agosto, salió de casa para comprar el pan, cerrando la puerta cuidadosamente para no despertar a los niños, dispuesto a superar con infinita paciencia la fatigosa proeza de descender los tramos de escalera sin ser interceptado por ningún vecino fisgón que le preguntara por su estado, cuando escuchó ruidos en el portal. Demasiado tarde para echarse atrás, saludó sin demasiada efusividad a la señora de la limpieza.

– ¿Cómo está Vd señor Isidro?

– ¿Cómo va todo, Catherina?

Y a punto de alcanzar el umbral que le permitiría huir hacia la calle para evitar aquella incómoda situación, inexplicablemente se dio la vuelta, para preguntar:

– ¿Por qué tienes ganas de cantar, cuando limpias, Catherina?. Has pasado una vida difícil, exiliada de tu país, con un marido en paro y una numerosa prole a la que mantener, matándote a trabajar. No entiendo, por qué cantas-

– Ay, señor Isidro, los asuntos graves de la vida hay que tomarlos con ligereza y los pequeños, como la familia, los hijos, el trabajo, el amor…con trascendencia.

Conmocionado por la extraña sabiduría de esta buena mujer, salió a la calle, dirigiéndose a la panadería, contra todo pronóstico, con pasos mucho más ¿livianos?


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