LAS OTRAS VÍCTIMAS, por Silvia Arcas Guijarro

Llevaba toda la mañana caminando en círculos por la diminuta sala de estar, sintiéndose un tigre enjaulado, con Yamila a su lado llorando, acurrucada en el sofá, abrazada a sus piernas flexionadas sin dejar de mecerse, una postura que le hacía parecer una niña desolada y que a él le partía el corazón.

Sin embargo, el día había comenzado bien. Se levantó temprano para salir a buscar trabajo, deleitándose en el mismo ritual de siempre: besar a su hermosa Yamila dormida mansamente, en la comisura de los labios primero y después, en esa delicada curvatura del abdomen que denunciaba su cuarto mes de gestación, dirigirse a la cocina para preparar un te bien cargado y escuchar las últimas noticias en la radio. Entonces, sobrevino el shock, no podía creer lo que estaba oyendo.

Corrió hacia la sala de estar y encendió también el televisor, las noticias reproducían el horror con exhaustividad exasperante, las imágenes de la masacre cortaban la respiración, las personas heridas o muertas yacían sobre la calzada en posiciones grotescas, un cochecito de bebé estaba volcado sobre la cuneta. Yamila despertó alertada y acudió a su lado, él se interpuso entre ella y la imagen del cochecito desvencijado en el televisor. Desde ese momento, todo había sido un caminar sin sentido en círculos concéntricos, ante la vana impotencia de lograr calmar a su Yamila desconsolada.

Pero las llamadas telefónicas de sus allegados tuvieron el poder de rescatarle de aquel mutismo febril y hacerle reaccionar. Decidió aplazar la búsqueda de empleo una semana, pidió dinero prestado para sobrevivir unos días, preparó un desayuno frugal a Yamila, se dio una ducha rápida. Y salió a la calle para comprar algo de comida, con miedo, un gélido escalofrío recorriendo su espina dorsal.

¿Qué pensarían sus vecinos y amigos? ¿considerarían que el hecho de sostener determinadas convicciones religiosas le harían simpatizante de este horrible delito? ¿cómo encontraría trabajo ahora? ¿podría su hijo crecer allí? ¿tendría su pequeño una vida menos ardua y difícil que la que ellos tuvieron?.

Ensimismado en estas angustiosas cavilaciones, llegó a la frutería de Javier. El propietario cargaba con las pesadas cajas desde el almacén y colocaba la fruta en los estantes con el semblante consternado, mientras escuchaba las últimas declaraciones de los políticos en la radio sobre el terrible suceso. Y él estuvo a punto de huir, darse la vuelta, salir corriendo para refugiarse en los cálidos brazos de Yamila, pero se quedó y silencioso, le ayudó a transportar las cajas durante unos pocos minutos que se le hicieron eternos.

Javier alzó los ojos, esbozó una tímida sonrisa y dijo: – Tengo ciruelas rojas, de esas que le encantan a tu mujer, ¿te llevarás un kilo?. Hay que hacer caso a los antojos de las preñadas. No será por mí que nazca ese pequeñajo con una mancha en la frente en forma de ciruela –
Munir regreso a casa, con un dulce aleteo en el corazón, portando en aquella precaria bolsita de plástico el más exquisito manjar, digno del mismísimo Mahoma, para su adorable Yamila.


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