LA PEDRIZA: HISTORIA, LEYENDAS Y MITOS, por Pilar Nogales

1.-La Pedriza y sus 3.200 hectáreas es, probablemente, la zona más conocida e interesante del Parque Regional de la Cuenca Alta del río Manzanares.

Como su propio nombre indica es un macizo rocoso, piedras y más piedras de granito con formas mágicas y sugerentes nos acompañan a través de nuestros paseos y rutas por senderos encantados.

Los Algibes
Los Aljibes

Desde los inicios de su formación hace miles de años, las continuas erosiones han conformado un paisaje único que fue ocupado por el ser humano allá por el 1.400 a.C. como demuestran los restos arqueológicos del enclave “Los Aljibes”, donde encontramos un abrigo con pinturas rupestres, restos cerámicos y metalúrgicos.

Los asentamientos en la zona fueron frecuentes pero de poca persistencia en el tiempo pues el clima lo hacía difícil. A lo largo de la historia ha sido parte del paso y comunicación entre la zona norte y sur de la Península, así como lugar de pastoreo y caza. Tras ser reconquistada la zona pasó, en 1152, a ser parte del Concejo de Madrid por mandato del Rey Alfonso VII. Dada su peculiar orografía jugó un importante papel en la Reconquista, la Guerra de la Independencia contra los franceses, y la Guerra Civil.

El Yelmo
El Yelmo

Se consideran tres zonas geográficas, la Pedriza Posterior es la que se encuentra más al norte y se une a la Cuerda Larga, una ruta bien conocida por los excursionistas. Como zona intermedia tenemos la Pedriza Anterior, cuyo pico el Yelmo es emblema y lugar de encuentro de caminantes debido a las vistas que ofrece. La parte situada más al sur y la de menor altitud es El Alcornocal, límite con el municipio de Manzanares el Real, el lugar de acceso por excelencia a todo el macizo.

Torre de la Iglesia de Nuestra Señora de las Nieves
Torre de la Iglesia de Nuestra Señora de las Nieves

Independientemente del camino que tomemos para llegar a Manzanares el Real, lo primero que divisaremos a los lejos, en lo alto, será el solemne y perfectamente conservado Castillo Nuevo, obra de Juan Guas, arquitecto predilecto de los Reyes Católicos y paradigma del denominado Gótico Isabelino. Desde el Castillo de los Mendoza la vista del embalse de Santillana es digna de más de una fotografía en cualquier época del año. Este castillo pasó a sustituir al anterior Castillo Viejo el cual, hoy poco conocido y en ruinas, servía de posta y aduana dentro del recorrido de la Real Cañada Segoviana. Junto a ellos la torre de la Iglesia de Nuestra Señora de las Nieves nos recibirá con sus ya perennes cigüeñas y como no, no podremos olvidar la Ermita de Nuestra Señora la Peña Sacra, patrona del municipio.

Si bien todos conocemos la historia en mayor o menor medida de la Pedriza y su entorno, la formación del mismo ha dado lugar a una singular leyenda. Cuentan que al inicio del mundo, había unos gigantes que podían mover y moldear las piedras a su antojo. Estos gigantes fundaron dos ciudades, una en la Pedriza Anterior y otra en la Pedriza Posterior.

Con grandes piedras crearon palacios, templos, casas y mercados. Pero en la Pedriza Anterior levantaron un edificio descomunal al dios de la Fuerza que causó la envidia de sus vecinos. Hasta tal punto llegó la rivalidad que una noche, los habitantes de la Pedriza Posterior asaltaron la ciudad y la destruyeron.

Al ir a derribar el templo, el gigante que osó en primer lugar golpear la cúpula con su maza cayó muerto por un abismo. Así, esa cúpula, aunque ligeramente golpeada, aún persiste, y la conocemos como el Yelmo, lugar donde la iglesia, posteriormente cobrara el Diezmo a los habitantes de la comarca.

Como era de esperar, los gigantes de la Pedriza Anterior clamaron venganza y destruyeron la otra ciudad. Al enterarse los dioses de esta guerra sin sentido castigaron a ambos pueblos con fuego y llamas y transformaron a los gigantes en rocas que quedaron allí para la posteridad.

Evidentemente, de esta leyenda también hay otras versiones, y de una leyenda podemos pasar a otra, como por ejemplo, la de la conocida Cueva de la Mora. En esta ocasión es una historia de amor que se repite a lo largo y ancho y de la geografía española como podemos ver en las Rimas y Leyendas de Bécquer. Frente al Centro de Interpretación Giner de los Ríos, uno de los visionarios fundadores de la Institución de Libre Enseñanza, encontraremos una pequeña oquedad donde, según se cuenta, una desdichada muchacha de origen musulmán fue encerrada para evitar que, presa de su amor, se fugara con un caballero cristiano. Allí permaneció la joven sin que nadie viniera a rescatarla por lo que, ni viva ni muerta, implora por el amor perdido apareciéndose su ánima por el lugar.

El cancho de los muertos
El cancho de los muertos

Pero si en algo se confunden fantasía y realidad es en referencia a los bandoleros que usaron la Pedriza como escondrijo durante el siglo XIX. El Cancho de los Muertos recibe su nombre de una de estas historias. Según se narra, había una banda llamada “Los Peseteros” que se dedicaban, entre otras cosas, a secuestras a niñas bien de la capital y retenerlas en la Pedriza hasta cobrar rescate. En una ocasión la familia de la muchacha no logró reunir el dinero con lo que la joven quedó a merced de los desalmados, que parece eran tres. Un día que el cabecilla tenía que bajar a Madrid por “negocios” los otros dos intentaron abusar de la chica siendo sorprendidos por el jefe que volvió antes de tiempo (en otra versión uno mata al otro). El jefe tuvo que hacer justicia y lanzó a los otros dos al vacío, con tan mala (o buena) fortuna que él también cayó. De esta forma la joven quedó libre y, dependiendo de la versión, volvió a su casa gracias a la ayuda de un pastor de Manzanares o murió también despeñada y la fortuna de los secuestradores acabó en manos de un pastor de Colmenar Viejo.

De esta historia, aunque bien conocida, no podemos saber su veracidad, aunque si hubo un personaje que se nos antoje real fue, sin lugar a dudas Pablo Santos. Nos encontramos en el marco de la Primera Guerra Carlista (1833-1840) que enfrentó en pos de la sucesión de la Corona a Isabel II y su tío Carlos María Isidro de Borbón tras la muerte de Fernando VII y la derogación de la Ley Sálica por medio de la Pragmática Sanción. De esta forma, aparece en la prensa de la época el Capitán D. Pablo Santos, del bando isabelino, que desde Miraflores a Manzanares fue persiguiendo carlistas y ladrones de ganado. No se saben los motivos pero la cuestión es que acabó uniéndose a la lucha carlista y por lo mismo convirtiéndose en proscrito. Cosas de la vida, de aquí para allá anduvo el bandolero Pablo Santos instigando a la rebelión hasta que, el 10 de diciembre de 1834 se le hirió gravemente y persiguió desde Colmenar Viejo hasta la Pedriza donde murió.

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Ermita de Nuestra Señora de la Peña Sacra

No obstante, esta es la versión oficial, la que encontramos documentada en los periódicos, pero la que relatan los lugareños es bien distinta, quizá de corte más romántico. Según las versiones populares fue el mismo Pablo Santos el que se repartió el territorio de pillaje con Luis Candelas, el que secuestró a una joven madrileña teniendo como resultado su muerte en el Cancho de los Muertos, suponemos que para resucitar y morir nuevamente a manos de su compinche Isidoro de Torrelodones en la Peña del Mediodía según unos, o en Arcones, según otros, por una disputa en el reparto del botín. Y parece ser, que entre una muerte y otra, también le dio tiempo de intentar asaltar la Ermita de Nuestra Señora de la Peña Sacra, y digo intentar porque se encontró con la férrea defensa de la guardesa, una serrana regia y feroz que no dejó que pusieran los bandidos la mano sobre los sacros tesoros. No así lo que le sucedió al pastor Montalvo de El Boalo, al que robó en dos ocasiones para luego invitarle a una taza de chocolate de Astorga.

En definitiva, leyenda y realidad se mezclan, y si bien es cierto que Pablo Santos, Luis Candelas y su aprendiz y sucesor Paco El Sastre, entre otros, existieron y causaron grandes agravios en la zona, muchas veces hay que tener cuidado para discernir qué creer.

4.-No obstante, sea cual sea la verdad, cierto es que, al pasear o escalar por la Pedriza, (no se puede acampar desde hace años y ya tampoco bañarse), es un lujo dejar volar la imaginación y ver el espíritu de la joven cautiva en su cueva o buscar en el camino desde el Tranco el Alcornoque del Bandolero donde se puede otear el horizonte y esconder tesoros que tal vez puedan servir de ofrenda al templo del dios de la Fuerza de los gigantes. Eso sí, con cuidado de no encontrarse con la Bruja de Miraflores en su destierro entre las jaras.


Texto: Pilar Nogales – pilar_nogales_g@hotmail.com

Documentación Gráfica: Antonio Ortega. Marisa Ortega.

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