LA OLMA DE GUADARRAMA, por Borja Echevarría

DSCN5923Nuestra gran Olma se sitúa frente al ayuntamiento del municipio de Guadarrama, concediendo a la Plaza Mayor toda su belleza y personalidad. Se cree que se plantó a finales del siglo XIX, alrededor del año 1882, sustituyendo posiblemente a un antiguo ejemplar.

2Todos los artistas tenemos el deseo de comunicar y mostrar al público nuestra propia visión de las cosas que nos rodean, e intentar que nuestro trabajo creativo consiga hacer vibrar el alma humana. Por eso quiero invitar a los lectores a que me acompañen en mi particular viaje a través de estas páginas, pues he de informarles que esta misma mañana me he citado con un árbol ¡Oh sí, con un árbol! (naturalmente, para un artista algo así resulta muy posible). Explico a los lectores que el árbol al que me refiero no es, ni mucho menos, un árbol cualquiera: sus 21 metros de altura, un perímetro de algo más de 4,45 metros y sus 134 años lo convierten en uno de los árboles más conocidos, monumentales y singulares de toda nuestra sierra. Me refiero a la Olma de Guadarrama. ¿Aún no la conocen?

Nuestra gran Olma se sitúa frente al ayuntamiento del municipio de Guadarrama, concediendo a la Plaza Mayor toda su belleza y personalidad. Se cree que se plantó a finales del siglo XIX, alrededor del año 1882, sustituyendo posiblemente a un antiguo ejemplar. Resulta impresionante que la Olma haya crecido durante todos sus años en pleno centro urbano, saliendo airosa de situaciones adversas como la pavimentación de la Plaza Mayor y el paso de los coches, y no en algún lugar privilegiado como podría ser la ribera de un río. La Olma ha tenido la fortaleza de resistir a la grafiosis — grave enfermedad introducida desde Asia que significa “enfermedad gráfica”, debido a los curiosos dibujos que hacen los escarabajos al formar las galerías en las que introducen sus huevos — que acabó con la mayoría de ejemplares de olmos en casi toda la Península Ibérica, Europa y Norteamérica. Por su especial singularidad, la Olma ha sido incluida en un proyecto de clonación de árboles singulares llevado a cabo por el IMIDRA (Instituto Madrileño de Investigación y Desarrollo Rural).

Antes de partir de mi casa y coger el autobús que me llevará de San Lorenzo de El Escorial al pueblo de Guadarrama — donde me espera la Olma — he revuelto todos los libros de mis estanterías tan solo para encontrar un pliego perdido en el que apunté una frase de un escritor y poeta que no recordaba con exactitud, y que dice así: ”Los árboles tienen una vida secreta que solo les es dada a conocer a los que trepan a ellos”. Y eso es precisamente lo que me propongo hacer enseguida: ¡conocer a la Olma!

Al llegar a Guadarrama, bajé del autobús y fui al encuentro de la descomunal Olma, sabiendo que me iba a deslumbrar con el color amarillo membrillo que luce en esta época del año. Y me di prisa en ir a verla porque, precisamente por estas fechas, el frío invierno roba todas sus hojas ¡y siempre lo hace en el momento menos pensado!

3Los dos leones de la Plaza Mayor de Guadarrama me esperaban inquietos. Lo primero que hicieron tras verme fue dirigirse rápidamente hacia mí y obligarme a descalzarme, ya que ni a mí ni a ningún periodista o autoridad — por muy importante que fuese — permitirían pisar la vieja y apreciada corteza de la Olma con calzado de calle. Uno de los leones se agachó frente a mis pies, ofreciéndome su lomo para sentarme y así guiarme hasta la rama número cincuenta y tres, piso cuarto de la Olma, llamada también “Rama de las Visitas”. De un brinco, el león me introdujo en el corazón del árbol. “¿Ha llegado ya el pintor?” me sorprendió una voz tan alegre como desgarrada, que parecía la de una anciana de miles y miles de años de edad, y que salía del mismísimo tronco del árbol. “¡Sí, sí… acabo de llegar en este momento!” respondí tímidamente a la Olma, asombrado de estar sumergido en un escenario tan impresionante. Sin desmontarme del felino, y mientras me sacudía las hojas que habían caído por todo mi cuerpo, observé con detalle la amplia cúpula de hojas amarillas, con la maravillosa sensación de estar metido en el interior de un huevo gigante formado por hojas amarillas.

El león comenzó a subir lentamente y en círculo a través de las ramas que salían del tronco más grueso, con la misma facilidad con la que avanzaría por los peldaños de una escalera de caracol. Al llegar al cuarto piso del árbol, el león sentó sobre sus patas traseras y me depositó en una gruesa rama que tenía tatuado el número cincuenta y tres, desapareciendo a continuación, imagino que para irse a dormir.

Cuando me encontré cómodo, me atreví a romper el silencio y dije a la Olma: “He leído que ha participado como candidata española en el gran concurso del Árbol Europeo del Año 2016, compitiendo con árboles tan singulares como la Gran carrasca de El Pedregal en Guadalajara, la Matasequoia de Pontevedra o el Fresno “El Abuelo de La Dehesa Vieja” de Moralzarzal”.  “Entre los candidatos nacionales presentados a concurso para representar a España ganó el pino roble de Canicosa”, — dijo entusiasmada la Olma — “que nos dejó en un excelente quinto lugar, y el ganador fue el anciano roble de Bátaszék, de Hungría.

Interesado por el resultado, seguí preguntando: “Tiene que sentirse orgullosa entonces de haber sido seleccionada entre tantos árboles para un concurso de belleza tan importante”. “¡Oh no!” — dijo la Olma — “a diferencia de otros concursos, en este no es importante la belleza, el tamaño o la edad sino la historia y la conexión con las personas. Participan árboles que se han convertido en una parte integrante de la comunidad en su sentido más amplio“.

5 - copiaMe atrevo a confesar que, precisamente por esta respuesta de la Olma de Guadarrama, no comprendí por qué no había ganado todos los concursos de árboles existentes en el planeta entero habidos y por haber, incluido el Concurso del Árbol Europeo, ya que la Olma ha acompañado durante todo este tiempo a los habitantes de Guadarrama en su quehacer diario, siendo el centro de todas las miradas. La Olma ha formado parte de las tradiciones y de todo tipo de eventos en el pueblo de Guadarrama; bajo su copa se han celebrado concursos y fiestas… es tan querida que es difícil imaginar la vida del pueblo sin ella. “¿Se atreverán a no darte la medalla para el próximo año?” (pregunto en bajito para que nadie me escuche y desde mi humilde opinión de pintor).

Al caer la tarde, interrogué a la Olma sobre cuál era el secreto de su longevidad, y me respondió: “Por una parte mi resistencia a la muerte se encuentra en mi raíz, que es quien me sostiene. Cada año de mi existencia he ido extendiendo mis raíces más y más a lo largo y ancho de este pueblo al que quiero tanto, con mi deseo de abrazarlo por completo bajo tierra, y así, sin pretenderlo, mi raíz se ha ido fortaleciendo… ”. Después de acercar una de sus ramas a pocos centímetros de mi cara para darme la oportunidad – con gran satisfacción por mi parte – de observar de cerca cómo se atusa un Herrerillo Común, la Olma añadió alegremente a su respuesta: “…pero desafortunadamente, mi amor por este pueblo no sería suficiente para estar viva. Para mí ha sido necesario no solo sentirme correspondida, formando parte de la vida social y cultural de Guadarrama… también he necesitado recibir especial protección y los amorosos cuidados que me sigue ofreciendo la Comunidad de Madrid. Todos los años, durante la primavera y el otoño, me aplican un tratamiento preventivo, con el objetivo de mantenerme en perfecto estado y evitar posibles afecciones que debiliten mi salud y me hagan más vulnerable a la grafiosis”.

1.-Pasé algunas horas hablando con la Olma, y se me pasó el tiempo rapidísimamente. Al bajar de las ramas y darle un abrazo de despedida, el árbol suspiró. Cuando ya me iba, la plaza del ayuntamiento estaba completamente vacía, bellamente iluminada de azul y en completo silencio. Se levantó entonces un ligero viento a mis espaldas que llenó al árbol de música. Me giré con el presentimiento de que algo le ocurría a la Olma y aprecié con mirada atónita que todas las hojas amarillas de la Olma estaban cambiando su color en cuestión de segundos, para lucir su traje de noche, elegido para mi despedida. Comenzó a caer entonces, muy lentamente sobre mi cabeza, una lluvia infinita de hojas de plata y azul como si de vibrantes lentejuelas iluminadas por la luz de la luna se tratara. Sin duda, aquella fue la noche, el momento elegido por el frío invierno para llevarse hasta la última hoja de la Olma. La bella, negra y escultural silueta de la Olma quedó desnuda para inspirar a su pintor. Y aun así, me quedé triste, con la sensación de que todas aquellas hojas desprendidas fueron recuerdos vividos que la Olma nunca recuperaría.

Cuando me marché definitivamente de regreso a mi casa, desde mi último asiento en el autobús, me di cuenta de que era el único viajero que regresaba a San Lorenzo de El Escorial. Durante el viaje fui distraído con todas aquellas imágenes grabadas en mi mente. Y mientras trataba de descifrar la noche por el cristal empañado del autobús ocurrió algo sorprendente, porque reparé en que llevaba mi propia mano cerrada y, al abrir el puño, despacio, me encontré con que tenía tres hojas guardadas que no recordaba haber cogido en ningún momento: una hoja azul marino, otra plateada, y la tercera azul celeste. Miré fijamente mis tres hojas, y pensé: “no sé si el día de hoy ha sido, no se si las tres hojas son un regalo de la vieja Olma… pero de lo que estoy completamente seguro, es de que estas hojas son mis nuevas ilusiones, recuperadas, para comenzar a pintar un cuadro más, y van a ser los tres nuevos colores de mi paleta de pintor.”


Documentación Gráfica: Cuadros de Borja Echevarría – borechevarría@yahoo.es

Fotografías: Marisa Ortega


 

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