LA FIESTA DE LA VAQUILLA DE COLMENAR, por Pilar Nogales

Cada 2 de febrero las calles de Colmenar Viejo se llenan de luz, sonido y movimiento con la ancestral fiesta de La Vaquilla. Cada vaquilla está formada por los vaquilleros, el taleguero, el mayoral y, por supuesto, la “vaquilla”, cada uno con su indumentaria distintiva. La vaquilla se compone de un armazón metálico con cuernos que se adorna con pañuelos, mantones de manila, flores y rosquillas (tontas o listas).

Cada vaquilla sale de un local o vivienda con su acompañamiento, los vaquilleros, los cuales, con sus cencerros, fajines y las hondas que chasquean cortando el aire, provocan la algarabía de grandes y pequeños. Tras hacer su recorrido por las calles de la localidad cada vaquilla efectúa su baile en la Plaza del Ayuntamiento para volver al punto de partida, donde con tres disparos al cielo se “mata” al animal para beber su “sangre” en forma de limonada.

Esta fiesta, común a varias localidades de la Meseta Central (Pedrezuela del Valle, Los Molinos, Cercedilla, Villalba, Fresnedillas de la Oliva, Becerril de la Sierra,…), tiene un claro origen ganadero cuya simbología primigenia tenemos que buscar en ritos prehistóricos, en el comienzo de la primavera ganadera y la salida de la oscuridad invernal.

La celebración se lleva a cabo entre el 20 de enero, San Sebastián, y el 2 de febrero, Virgen de la Candelaria. Si retrocedemos en el tiempo, podemos ver que estas fechas concuerdan con las Calendas romanas, con la fiesta en honor de la deidad Helerno. Según la tradición, el 1 de febrero se sacrificaba, a orillas del Tíber, un toro negro en honor de esta deidad infernal, padre de la ninfa Cardea, protectora de los hogares y de los niños contra vampiros y brujas. El caso es que, con este sacrificio de sangre, se pretendía asegurar la fecundidad del ganado para la primavera.

También en este día los romanos celebraban a Juno Salvadora, quien era representada con una piel de cabra y cuernos sobre su cabeza, además de llevar un escudo y una lanza y cuya función era que las doncellas fueran fértiles ese año. De este modo, a parte de las ofrendas de pan de centeno que hacía las vírgenes a la diosa, sabemos que los jóvenes se vestían con pieles y cuernos y perseguían a las muchachas (lupercales, en torno al 15 de febrero), nuevamente en una llamada a la fertilidad natural tras el invierno.

El día dos de febrero los romanos celebraban el día de las luces o las antorchas. Durante la noche del 1 al 2, las mujeres recorrían las calles con teas encendidas para ayudar a Deméter, cuya hija, Perséfone había sido raptada por Plutón y llevada a los infiernos. Con las luces que con que se iluminaban las calles se rendía culto a Februa, madre de Marte (dios de la guerra), para que así el dios, honrado por el tributo a su madre, ayudara al pueblo en sus luchas con los enemigos. Es decir, que en una sóla fiesta se unía a varias deidades para propiciar buenos augurios.

El rapto de Proserpina (Perséfone en la mitología griega) -Escultura realizada por Gian Lorenzo Bernini 1621 y 1622-

Todas estas costumbres y mitos entroncan con los ritos de fecundidad matriarcales neolíticos y que se manifiestan también en las anteriores tradiciones celtas. Para los celtas, en torno a la noche del 1 al 2 de febrero (según el ciclo lunar la fecha podía variar en un par de semanas arriba o abajo), se celebraba una de las cuatro fiestas básicas: Imbolc.

Imbolc era la antítesis de Samain, una fiesta unida al ciclo ganadero que celebraba la llegada de la luz y la fertilidad del ganado, generalmente de ovejas, para asegurar la leche necesaria para la lactancia de las crías que nacerán en primavera y, con ellas, la supervivencia del poblado. De esta manera se veneraba a Brigit, diosa triple del fuego: sanadora, patrona de la poesía y del saber y con dotes adivinatorias. Se encendían luces para ayudar a la diosa a calentar la tierra y se bendecía a los animales con agua sagrada que ahuyentaría los malos espíritus y enfermedades.

En la meseta los vetones eran la tribu celta que ocupa el territorio. Un tribu que rendía un culto especial al ganado bovino, como podemos ver en los conocidos verracos, como los Toros de Guisando. Se sabe que hacían sacrificios rituales de estos animales y es que, tradicionalmente, este animal simpre ha sido símbolo de poder.

Minotauro de Creta

Aunque podemos pensar en toro como símbolo masculino de poder, potencia sexual y fuerza, cosa valorada desde la antigüedad (pinturas rupestres, mitos persas, etc.), no sólo se asocia a esta idea, si no también a la fertilidad femenina y a un culto lunar, pues los cuernos bovinos se asemejan a la luna, y por ello las vacas y terneros (vaquillas), también son símbolos de la continuidad de la vida y forman parte de un ciclo natural de renacimiento. Todo ello podemos verlo en figuras como el dios solar egipcio Apis y la diosa del amor,la fertilidad y las artes Hathor, el toro sagrado que aparece en los relatos mesopotámicos, el Minotauro de Creta o el propio buey del Portal de Belén, que da calor al niño que nace para dar una nueva vida inmortal a la humanidad.

Con todo ello llegamos a la aparición y crecimiento del cristianismo. El sincretismo y la asimilación de tradiciones es algo que ya hemos comentado y, en este caso no va a ser distinto. La importancia de Brigit y su culto era algo fuertemente arraigado y que como hemos visto, también tenía una festividad de simbología similar en el mundo latino, por lo que su fiesta no podía ser erradicada fácilmente. De este modo apareció Santa Brígida, una mujer descrita en su primera biografía, del monje Cogitosus como “un hada, dotada de capacidades milagrosas de intervención sobre las fuerzas de la naturaleza”. Esta Santa, cuya existencia aún no es certera, según la tradición, habría fundado la abadía de Kildare, en Irlanda, perpetuando un antiguo culto de sacerdotisas de la luz. La Iglesia transformó Imbolc en la Candelaria y la pasó al día 2 de febrero.

La celebración de la Virgen de la Candelaria en Puno – Lima (Perú)

¿Y qué se celebra en la Virgen de la Candelaria? Pues bien, esta fiesta que ya se celebraba en oriente desde el siglo IV y que oficialmente fue instituida por el papa Gelasio I en el 492, conmemora la presentación de Jesús en el Templo tras la purificación de María, cuarenta días después de su nacimiento. Inicialmente se celebraba con una procesión con velas o candelas hasta la Basílica del Santo Sepulcro mandada construir por Constantino. La fiesta se fue extendiendo a partir del siglo VII y debido a la confusión de las figuras de la diosa Brigit pagana y la Santa Brígida cristiana, esta última fue casi retirada del santoral y sustituida por San Cecilio obispo y Santa Viridiana.

De esta manera llegamos hasta nuestros días, donde un culto matriarcal de fertilidad y renacimiento pervive en las costumbres más arraigadas de los pueblos, donde los sacrificios de sangre se han transformado en alegres fiestas con limonadas y rosquillas y donde, sin perder ni un ápice de encanto, el color, el movimiento y los sonidos harán que nuestros sentidos vibren al ver a los vaquilleros y la vaquilla bailando mientras el chasquido de las hondas acompañadas del tañir de los cencerros resuenan en nuestra caja torácica. Un espéctaculo digno de vivir y que, por su importancia, fue declarado Fiesta de Interés Turístico en 1986.


Texto: Pilar Nogales – pilar_nogales_g@hotmail.com

Documentación Gráfica: Ayuntamiento de Colmenar Viejo.

Creative Commons.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *