LA CRUZ DE RUBENS DE SAN LORENZO DE EL ESCORIAL, por Miguel Ángel López Varona

La representación pictórica del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial ha seducido a no pocos pintores a lo largo de la historia. Uno de los primeros fue el pintor hispano-italiano Fabrizio Castello, que pintó un fabuloso lienzo de la obra magna de Felipe II a finales del siglo XVI, cuando todavía no habían finalizado las obras.

Otros pintores como Lucas van Uden (Bélgica, s. XVII), Pedro Villafranca y Malagón (España, s. XVII), Michel-Ange Houasse (Francia, s. XVIII), Alfred Guesdon (Francia, s. XIX), Francisco Javier Parcerisa y Boada (España, s. XIX), Francisco de Paula Van Halen (España, s. XIX), David Roberts (Escocia, s. XIX), y un largo etcétera, se vieron seducidos por la necesidad de plasmar la sensibilidad de su arte al servicio de la divulgación de la “Octava Maravilla del Mundo”.

Peter Paul Rubens (Siegen, Alemania 1577 – Amberes, Bélgica 1640)

Pero, ¿qué hay de Pieter Paul Rubens?, aquel ilustre pintor barroco cuya obra pictórica es una de las de mayor talento artístico de la Europa del siglo XVII. Si revisamos toda su obra, apenas aparece mención alguna a El Escorial. Entonces, ¿por qué existe una cruz en un paraje próximo al Puerto de Malagón, que todo el mundo conoce como la “Cruz de Rubens”?

Para averiguarlo hay que remontarse a 1623, cuando Carlos I de Inglaterra, entonces príncipe de Gales, visitó El Escorial invitado por Felipe IV. Los bonitos ojos de la infanta María cautivaron al joven Carlos, que no pudo evitar enamorarse de la coqueta hija de Felipe III. Al parecer, los encuentros furtivos entre el príncipe galés y la infanta española se sucedieron, hasta que el conde-duque de Olivares tuvo que poner los medios para evitar que prosperase aquel amor, que era a todas luces “imposible”.

Años más tarde, en septiembre de 1628, llegó a España Rubens, volcado en sus misiones diplomáticas para que España e Inglaterra alcanzaran la paz, después de un largo conflicto que desangraba la economía, por no mencionar las vidas que se perdieron en los Países Bajos. Su estancia en Madrid duró nueve meses, un período que le permitió convertirse en cómplice y confidente de rey Felipe IV quien, pese a contar en la corte con un excelente pintor veinteañero llamado Diego Velázquez, encargó a Rubens la realización de algunas pinturas.

Uno de aquellos encargos consistió en obtener una panorámica del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, tomada a larga distancia. Felipe IV sabía que la única forma de comprender la magnitud de semejante obra arquitectónica, sería a través de una visión general que permitiera percibir la orquestación total de su arquitectura, en su relación con las montañas y los bosques que le rodean. Para conseguir esa visión, Rubens sólo tenía dos opciones, o alzar el vuelo como un pájaro, o encaramarse en lo alto de alguna de las cumbres de Guadarrama.

El Escorial (Lucas van Uden 1595 – 1673)

La extraordinaria belleza paisajística del valle del Escorial desde lo alto de Malagón, cautivó desde siempre a Felipe II, siendo este uno de los motivos que le empujaron a edificar allí su obra más querida. Durante la construcción del monasterio, Felipe II encargó instalar tres grandes cruces de madera en lo alto de la sierra, dos en el entorno del puerto de Malagón, y una tercera en la cumbre del Monte Abantos. Aunque el acceso a aquellos lugares estaba repleto de dificultades, un 14 de noviembre de 1596, Felipe II trepó casi enfermo por los caminos hacia lo alto de Malagón, acompañado de todo su séquito, para sentarse junto a una de estas cruces y comer plácidamente mientras contemplaba el espectáculo de la naturaleza. Era su particular “paraíso terrenal”.

Entorno del puerto de Malagón

A principios de 1629, y tomando como referencia una de estas cruces, Rubens subió a caballo al alto de Malagón, acompañado de su buen amigo Velázquez, para acometer el encargo que le había hecho Felipe IV.

Sobre una planicie abierta del puerto de Malagón, Rubens realizó un boceto con todo lo que abarcaban sus ojos. Aquel mismo año, el ya rey Carlos I de Inglaterra, otorgó al pintor flamenco el honorable título de sir.

El propio Carlos I le había manifestado al rey Felipe IV, el deseo de incluir en su galería de arte aquella obra del maestro Rubens. El recuerdo imborrable de la estancia del príncipe galés en El Escorial, que según sus propias palabras fueron los más felices de su vida, y el profundo dolor que le supuso alejarse de su amada la Infanta de España, hicieron irrefrenables sus deseos de poseer el cuadro de Rubens.

En abril de 1640, Rubens le hizo llegar a Carlos I de Inglaterra, “La Representación Cósmica de El Escorial”. Aunque la obra está firmada con las iniciales “P.P.R”, fue pasada a lienzo por su ayudante el pintor Peter Verhulst, siempre bajo la atenta mirada de Rubens. Junto al cuadro, una nota escrita por el propio Rubens decía lo siguiente: “He aquí la pintura de San Lorenzo de El Escorial, terminada según la capacidad del maestro Verhulst, bajo mi consejo. Dios quiera que la extravagancia del asunto pueda suponer algún contento para Su Majestad. Las montañas de la Sierra de Malagón son altas y abruptas, muy difíciles de subir y bajar. Teníamos las nubes por debajo de nosotros y en lo alto un cielo muy claro y sereno. En la cima existe una gran cruz de madera que se descubre fácilmente desde Madrid, y a su lado, una pequeña ermita dedicada a San Juan, que no se ha podido representar en este cuadro porque quedaba a nuestra espalda, y donde mora un ermitaño que se ve aquí con un borrico. Abajo se encuentra el soberbio edificio de San Lorenzo de El Escorial, con su pueblo y sus alamedas de árboles, sus estanques y el camino de Madrid”.

Nada se supo del cuadro de Rubens hasta que en el año 1966, el historiador sanlorentino Luis Manuel Auberson lo localizó en el castillo de Lord Radnor, en Salisbury (Inglaterra). Acompañado de fray Gregorio de Andrés, bibliotecario del Monasterio, subió a Malagón para tratar de situar aquella cruz y la ermita citadas por Rubens. El paso de los siglos había borrado todo vestigio de aquello, pero con la ayuda de la fotografía que pudieron realizar el cuadro, establecieron la peña exacta desde donde creyeron que Rubens hizo su cuadro, colocando allí mismo una placa conmemorativa, hoy inexistente.

Años más tarde, aficionados a la historia escurialense colocaron tres cruces blancas en lo alto de la Sierra de Malagón, en los mismos emplazamientos que había ordenado Felipe II: Dos en las proximidades del Puerto de Malagón, y una tercera en la cumbre del Monte Abantos. Afortunadamente, las tres cruces permanecen hoy erguidas, resistiendo el paso del tiempo.


Texto: Miguel Ángel López Varona. Biólogo y Guía de Montaña.

Fotografías: Graellsia Ecoturismo

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