LA CANCIÓN DEL BOSQUE, por Silvia Arcas Guijarro

Como cada mañana, salió a dar un paseo por el sendero que conducía hasta el pueblo más próximo, ese serpenteante caminillo de tierra que cruzaba el bosque de cedros y sorteaba el cauce del río, para adentrarse en el valle, donde el ganado pastaba apaciblemente.

Era el mejor momento del día, un espacio de introspección para serenar sus emociones, algo exaltadas por un sinfín de responsabilidades cotidianas. El único lugar donde podía liberar a Bambú de su correa, dejarle husmear las madrigueras y corretear detrás de los conejos.

A pesar de la oposición de sus familiares y vecinos, desoyendo sus bienintencionados consejos sobre abstenerse de paseos en solitario y despegarse un segundo de la tutela del viejo perro guardián, Lara se internaba en el bosque y soltaba al animal, porque ambos necesitaban ese privado retiro, hambrientos de libertad, un poco hastiados de tanta vigilancia y sobreprotección.

¿Qué cosa tan extraordinaria era la vista, para que los videntes pensaran que no se podía vivir sin ella? En sus peores fantasías, los amigos la imaginaban extraviarse entre los cedros, caer ladera abajo y terminar sus días, flotando boca abajo en las turbulentas aguas del río cubierta de lodo. ¡Qué loco desvarío!. Bambú y ella conocían como nadie cada desnivel del terreno, a lo largo de todos los recovecos del camino. Imposible perderse.

La música del bosque creaba allí una sinfonía única que no se parecía a la canción de la Naturaleza en ningún otro lugar y que guiaba sus pasos con precisión. El rumor del agua, el crepitar de la tierra bajo los pies, el rítmico diapasón del pajarillo carpintero, una coral de carbonerillos entonando sus dulces trinos, el suave clamor del viento entre las ramas y el ulular del búho, señalaban cada tramo del camino y marcaban el tiempo trascurrido.

Pararse unos segundos para deleitarse con el aroma del musgo y de la madera, tantear con las yemas de los dedos la corteza nudosa, acariciar la hierba fresca, desprender los pétalos de flor de sus corolas, soplar las esporas de los molinillos de viento, sumergir los pies en agua o tenderse al abrigo del sol, con la brisa arrebolando las mejillas y sentir, en ese instante, el sencillo placer de estar viva, un éxtasis de puro gozo y sobrecogimiento.

No conocía el mundo que puede verse a través de los ojos, pero ¿por qué creían los videntes que ella tenía un déficit?.

Lara era consciente de poder sentirlo todo.


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