LA BUENA GENTE DEL CAMPO, por Silvia Arcas Guijarro

Recolectar la fruta del árbol, en ese justo punto de madurez, en el que se desprende tan dócilmente de la rama, que tienes la sensación de que el árbol te la ofrece, es un placer, pero también un trabajo duro.

La jornada comienza antes de amanecer, con el cuerpo todavía entumecido por el sueño. Los jornaleros se reparten ordenadamente por los campos y las labores se inician con el ritmo lento, pausado, que imponen los músculos maltrechos, contraídos por el frescor de la mañana, ateridos por la humedad de la tierra.

Con la salida del sol, tímidos haces de luz se despliegan sobre un horizonte abierto, se filtran entre las ramas y acarician la piel con su suave y cálido cosquilleo, un bálsamo reconfortante que despereza el cuerpo y enardece el espíritu. Los jornaleros se afanan en su labor con energías renovadas, decenas de brazos acompasados en un batir de ramas para despojar al árbol de su pesada carga, manos que seleccionan la fruta con dedos ágiles, espaldas que se doblegan ante el esfuerzo de transportar los abultados fardos.

A veces, las labores prosiguen en un silencio compenetrado, cuando sólo se escucha el rítmico fluir de respiraciones entrecortadas y el golpe seco del fruto al caer, otras es una algarabía de conversaciones cruzadas, que preguntan por la madre o los hijos de unos y otros, que se quejan por la precariedad de los sueldos. En ocasiones, alguien canta y un coro improvisado de voces desafinadas se une a la tonadilla, componiendo una anárquica melodía, desacompasada, de tonos roncos y aflautados.

Las horas del mediodía son las más difíciles, el cansancio hace mella en el cuerpo exhausto, sudoroso, castigado por este sol implacable y unos escasos minutos para almorzar frugalmente, al cobijo de una sombra benigna, a penas lograr reponer las exiguas fuerzas. Luego, el rimo se acelera, manos y brazos se apresuran en la recolecta, hay que ganarse el jornal, terminar el trabajo antes de que llegue el ocaso.

Con la caída de la tarde, los grupos se disgregan, la buena gente marcha a sus hogares a cuidar de sus familias y preparar la cena a los niños. Pero los más jóvenes se demoran ociosos un par de horas más, sin obligaciones, ni prisa, a contemplar fascinados el mágico declive del sol. Encienden una fogata, comparten un paquete de galletas, apuran los últimos cigarrillos, ríen y charlan. Alguien toca un estribillo melancólico al son de la guitarra y las parejas entrelazan las manos, se besan.

Agotados por el esfuerzo del día, apuran esas horas postreras a la media luz de la lumbre percibiendo, en los rostros encendidos de los compañeros, el reflejo de la propia satisfacción por una jornada de trabajo bien hecho.

Rendidos, pletóricos.


Texto: Silvia Arcas Guijarro

Documentación Gráfica: Creative Commons


 

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