ESTAS CUATRO PAREDES, por Silvia Arcas Guijarro

Adoro estas cuatro paredes que han visto crecer a mis hijos, las desordenadas huellas de su paso por esta casa, que siempre será la suya, con esa impronta indeleble con la que queda prendido un hogar al corazón cuando está vinculado a nuestra infancia.

Una amalgama de objetos personales, unos íntimos y sentimentales, otros prácticos y funcionales, algunos imprescindibles y los más, absurdos, innecesarios: ropa, juguetes, libros de texto, cuadernos, pinturas y toda una serie de indescifrables cacharillos tecnológicos. Objetos desperdigados por doquier, esparcidos y mezclados con mis cosas: mis muebles y los cuadros de mi madre, mis plantas y mi interminable colección de libros, releídos mil veces.

Esta explosión de vida que pretendo vanamente clasificar, disponer en un orden estructurado, pero que se reíste victoriosa a mis fútiles intentos. Esfuerzo inútil porque aquí siempre triunfó un cierto desorden al que yo, siendo tolerante conmigo misma, califico de “creativo”.

Todo discurre un poco rápido en esta casa, las entradas y las salidas, las presencias y las ausencias, que nunca lo son por demasiado tiempo. Nada permanece estático aquí y los escasos instantes de soledad e introspección son devorados con ansia golosa. La vida fluye de día bulliciosa, efervescente, entre ruidos, prisas, charlas, risas y atropellos, y por la noche, se cierne un silencio impenetrable. Mis hijos duermen, por fin y yo leo a la tenue luz de una lamparita desvencijada, que me está devorando la vista, con un gato de largo pelo blanco, suave, que ronronea al calor de mi regazo, deleitándose conmigo en ese fugaz remanso de paz.

Cada uno descansa en su cama del frenesí de la vida cotidiana: el trabajo, las clases, los estudios, pero todos amanecemos inexplicablemente en la mía. Los unos abrazados a los otros, con el gato enroscado entre mis piernas. Todos acurrucados, para darnos mimos y calor, porque la caldera es una anciana caprichosa que reclama su jubilación y a veces consiente en alimentar a los radiadores, y otras muchas, no.

Nos despertamos al son de la estridente cacofonía de varios despertadores que sólo apago yo y recorro la casa ordenando enseres, preparando vituallas para el almuerzo, despertando gente, ofreciendo café. Haciendo frente con temperamento estoico a estos adolescentes dormilones, que comienzan el día mutistas y retraídos, que hoscos, malhumorados, se abalanzan sobre el café y las galletas, y compiten por el cuarto de baño.

Y me adentro en la vida a toda velocidad, jugando al tetrix, en un denodado esfuerzo por encajar las infinitas piezas del puzle de mis obligaciones cotidianas, engullida por este vértigo de vivir.

Así se suceden días, noches, amaneceres y atardeceres, en un círculo cosmológico sin fin, de lunes a domingo y de domingo a lunes, invariablemente repetido y sin embargo, siempre: un poco loco e imprevisible.

Esta es mi casa.


Documentación Gráfica: Creative Commons


 

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