EL TEMPLARIO – Capítulo I – por Kátia Cócera

LA VERDADERA HISTORIA DEL TEMPLARIO QUE SIEMBRA EL TERROR EN GUADARRAMA, CONTADA POR ÉL MISMO – CAPÍTULO I

Mi nombre no hace al caso, podría ser cualquier nombre. Además no pertenezco a lo que llamáis el mundo real.

Sé que mi imagen ha sembrado el terror entre las gentes de la Sierra de Guadarrama, y no es de extrañar, porque es cierto que me deleito galopando por pinares y cumbres, tanto, que empiezo a materializarme, y tengo que hacer un esfuerzo para volver a la realidad.

Es verdad que no fui un buen monje, pero si un caballero impecable…o casi. Solamente una vez recurrí a la hechicería y, vergüenza me da decirlo, a la ajena, porque en contra de lo que se viene atribuyendo a los Caballeros del Temple, es algo que nunca me interesó ¿en qué podría yo mejorar los designios de Dios? Sin embargo, en esa ocasión, lo olvidé, con todas sus consecuencias para mí, para el brujo y, lo que es peor, para ella. Cuando pienso en lo mucho que la quise y lo mal que defendí nuestro amor, me entran ganas de llorar y de pedir perdón a gritos, al Universo entero.

Pero las gentes, que entonces como ahora se complacen ingenuamente en la supuesta maldad ajena, tejió todo un enredo sin pies ni cabeza, y no dejó de achacarme cuantos crímenes ocurrían por la zona, inventados los más, porque para que sobrevengan desgracias no hacen falta culpables, eso que llamáis vida se pinta sola. A pesar de ello sigue siendo mejor que nuestros ensueños y, desde luego, que nuestras pesadillas. Mas esa vida no es la Vida….En fin, no quiero salirme del tema.

Si me tomo el trabajo de aclararos estas cuestiones no es porque me afecte la fama que puedan darme, sino porque la creencia en una maldad esencial equiparada al bien es lo que nos convierte en malas personas, tan equivocadas como infelices. Todas esas historias espectrales me hacen mucha gracia y, hasta cierto punto, me reflejan, porque ciertamente era algo arrogante, y no digamos sagaz. Ahora soy muy diferente que en los tiempos de Doña María de Molina…Mas cada cosa a su tiempo.

Gascuña

Sabed que nací en Gascuña, en el seno de una noble familia occitana salpicada por la cuenca del Garona, hasta los confines del Mar Ignoto. No fui el único de mi familia que hizo sus votos en la Orden del Temple, otros optaron también por esta milicia, ya en el pasado. Templario ¿por qué? Los jóvenes caballeros de mi tiempo vivíamos entre los ideales de san Luis y la decadencia de Occidente (si, ya entonces) y, por qué negarlo, me atraía la aventura, pero no cualquier aventura, tenía que ser con un sentido profundo, o sea, espiritual. También me seducían otros aspectos del Temple, como el conocimiento místico, si bien mi interés por este asunto se desarrolló más tarde. Profesé al poco de cumplir los dieciocho años.

Por otra parte mi formación había sido severa, era de temperamento flemático y muy hábil con las armas, con una gran resistencia ante las austeridades físicas. MI carácter no era violento, pero tenía la agresividad suficiente para desahogarla por una buena causa. Y, por qué no decirlo, al principio me atraían los juegos de poder, no por el poder en sí, ni menos por la riqueza, sino por el desafío intelectual de la intriga. Tampoco he sido mujeriego, pero sabía jugar con mi atractivo. Somos buenos mozos, casi todos los de mi linaje. Pediría perdón también por esto, pero mentiría si os dijera que me arrepiento, quiero decir, por nada del mundo volvería a aquellos pasos, pero los di y los doy, si no por buenos, por inevitables en mi trayectoria.

En seguida alcancé cargos de responsabilidad en la Orden, no de los de relumbrón, sino siempre de los que implican poder fáctico. Fui especialmente elegido para tales puestos cuando se desató la crisis en Francia, porque mis propuestas en los capítulos eran inteligentes y prácticas, jamás perdía los nervios.

Me embarqué en La Rosa del Temple como voluntario para San Juan de Acre

No obstante, en 1290, cuatro años después de tomar el hábito, caí en desgracia dentro de mi Provincia a raíz de un enfrentamiento entre freires, aunque seguía teniendo bastante predicamento ante la casa madre de París. Con su autorización me embarqué en La Rosa del Temple como voluntario para San Juan de Acre, cuando la cristiandad intentaba conservar a la desesperada su presencia en Tierra Santa. Ya había estado allí durante mi iniciación, pero las circunstancias no eran las mismas. En aquel momento estaba yo lo bastante “quemado”, como decís ahora, como para importarme poco la vida o la muerte, de modo que participé en la batalla de 1291 con una extraña serenidad.

Una herida profunda en el hombro derecho me devolvió a la retaguardia en lo peor de la masacre. Salí de la fortaleza junto con otros heridos y no combatientes por el pasadizo secreto, sosteniendo a una anciana con el brazo izquierdo, que a su vez portaba un zurrón con ciertos objetos muy dignos de ser preservados. Así llegamos hasta un fondeadero de pescadores donde teníamos aparejado un barquichuelo que nos depositó, me atrevería a decir que milagrosamente, en una cala de Chipre.

Los tres quinquenios siguientes, los pasé en nuestra ciudadela de París, es decir, paraba allí entre viaje y viaje, puesto que fui designado para misiones especiales similares a lo que hoy llamáis servicios de inteligencia. Por eso no ostentaba nombramiento alguno, mi nombre no figuraba en ningún documento oficial, sino que respondía directamente ante el Maestre en Francia y su consejo. Mi rango y atribuciones, por lo demás, eran equivalentes a los de senescal.

Visité casi todas las provincias europeas del Temple, compaginando estas actividades con una investigación personal sobre la Mística Teología, sus textos, sus, prácticas, sus símbolos…Entré en contacto con personas de toda condición, y tuve acceso a toda clase de informaciones, así que aprovechaba los efímeros descansos en mi propia Encomienda para ordenar los datos y profundizar en ellos, aplicando aquello que iba entendiendo. Es sabido que la cultura se adquiere jugando y viajando, pero la auténtica iniciación sólo se obtiene mediante la práctica propia.

En enero de 1307, para prevenir en lo posible lo que se nos venía encima, fui enviado a Castilla, donde podíamos contar, al menos, con el apoyo de la reina. Allí me esperaba la impresión más fuerte de mi vida, ya intensa de suyo. Pero para que comprendáis cabalmente esta fase he de poneros en antecedentes.

Así arranca este relato por entregas en que será revelada toda la verdad sobre el personaje más incomprendido de la historia del Guadarrama. En el próximo capítulo: ELLA (o “cherchez la femme”).


TEXTO: Katia Cócera – trendesegovia@gmail.com

Documentación Gráfica: Creative Commons.


 

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