EL TEMPLARIO – Capítulo III – por Katia Cócera

Donde el joven enamorado cuenta cómo pasó a la acción y trazó un temerario ardid para unirse con su amada. CAPÍTULO III

 

EL PLAN

Hasta ese momento García había estado como encubierto por un velo de mi memoria, pero confieso que al oír aquella propuesta a punto estuve de atravesarle con mi daga. Afortunadamente, recapacité un segundo, y entendí que no tendría mejor ocasión de volver a hablar con mi dama.

Si los preparativos del casamiento fueron intensos, estoy seguro de que no superaron en intensidad a los míos. Muy decidido estaba, pero el día de la boda, ante su semblante al verme aparecer al lado del novio se me encogió el corazón. Mas seguí adelante, puesto que no habría otra oportunidad. Todo transcurrió con normalidad hasta la noche, cuando llegó la hora de retirarse las damas. Entonces salí a la antecámara en que estaban dispuestas las barricas de vino, llené todas las jarras disponibles y las adobé con una potente mezcla de hierbas narcóticas que me había aconsejado un curandero.

Sólo quedaban en torno a la mesa el novio y unos pocos amigos. Entre chanza y chanza, les hice beber copa tras copa hasta que fueron cayendo redondos uno tras otro, y el novio no fue de los últimos. Le tumbé confortablemente sobre una alfombra, y a paso de felino me encaramé por la escalera que conducía al torreón, por donde había visto subir a mi amada.

Golpeé suavemente en la puerta, que dejaba salir una luz tenue. Apenas pude oír un triste “entrad, señor”, accioné el pestillo y empujé la hoja con suavidad. Ella estaba sentada en el lecho, vestida y sin velo. Cuando levantó la vista y me reconoció, su rostro se iluminó un momento, pero en seguida lo escondió entre las manos. Me eché, como siempre, a sus pies:

– Mi amor, no temáis. Sólo quiero estar junto a vos esta noche. Perded cuidado, nadie nos molestará: me he asegurado de que duerman todos hasta pasado el mediodía.

Me senté a su lado y la abracé con cuidado, como amparándola. Entonces ella se volvió y me abrazó con ímpetu. A no dudar, esa fue la mejor noche de mi vida, de aquella vida, si bien respeté su virginidad: no podía correr el riesgo de que mi dama fuera infamada, aunque sospecho que el joven García no entendía mucho de estos asuntos.

Rayando el amanecer, ella, recostada en mi pecho, dijo de pronto:
– ¡Señor, juradme que no me seguiréis a Inglaterra!
– No puedo, señora.
– Oídme. Si reincidimos terminarán por descubrirnos, y allá no se andarán con chiquitas. De mí, no sé qué sería, pero a vos, a vos lo más seguro es que os dieran muerte con tormento, y eso es lo último que yo podría sufrir.
– Eso está por verse -dije, volviéndome sobre ella y besándola.
– Entonces prometedme que daréis término al menos a vuestra escudería y seréis armado caballero. No podéis presentaros en la corte londinense como un villano.

Aquella era una razón de peso para mí, que estimaba en mucho mi carrera. Ella, aprovechando mi desconcierto, continuó:
– Nada puede hacerse ahora, no arriesguemos todo por cosa menuda: señor, marchaos, que temo acuda alguna sirvienta y os encuentre aquí.
Si alguna vez me he venido abajo fue en aquella ocasión: las lágrimas afloraban a mis ojos mientras la estrechaba en mis brazos. Ella me ayudó a vestirme. “Ya lloraré luego -decía- Ahora sólo quiero acordarme de que me amáis, porque de esa inmensa felicidad viviré el resto de mi vida”. También yo hubiera tenido que conformarme con eso, pero no me sentía capaz.

Ya en el umbral me arrancó la promesa que pretendía. Aquel último abrazo, que era como una despedida definitiva, me dejó transido de emoción, así que salí del palacete sin apenas saber donde me hallaba. Al cruzar el patio viéronme algunos de la casa, pero nadie se extrañó de que hubiera despertado el primer borracho, y menos de que se tambaleara un poco.

Dos días más tarde me encontraba sobre un mínimo promontorio desde el que se divisaba el puerto de Bayona. Había galopado toda la noche para ver como se alejaba una pequeña coca, más empequeñecida aún por la distancia. No sabía como aliviar mi pena, y en el último momento decidí soltar así mi desesperación. Las lágrimas resbalaban por mis mejillas, pero una vez que la nao se hundió en el horizonte, al contemplar la belleza de la mar uniendo Tierra y Cielo en un luminoso abrazo, alcancé un momento de paz.

Ella estaba en lo cierto, no se podía hacer nada más, y nos llevábamos por delante algo muy valioso: el pleno reconocimiento de nuestro mutuo amor. Entonces la sentí a mi lado, y seguí notando su presencia en lo sucesivo, de pie, caminando, cuando me sentaba y cuando me acostaba. Dialogaba y bromeaba con ella, incluso en ocasiones me parecía hablar por su boca y adoptar sus gestos. Dos que son uno.
Sin embargo, en cuanto sobrevenía el anochecer me asaltaban unos celos feroces. Tenía que luchar denodadamente con mi imaginación para no representármela en brazos del otro, repitiéndome a mí mismo la inutilidad de semejante fantaseo. En mis primeros combates no tenía más que evocar esta escena para lanzarme sin piedad contra el enemigo, hasta que aprendí a combatir, en lo posible, desde la compasión. Esto no es fácil de entender para quienes aún no saben lo que es la vida.

“¿Cómo? -preguntará alguno- ¿Es que no pensábais en Cristo crucificado?”. Vaya una idea: una imagen así, o cualquiera otra sagrada, antes despierta la compasión y la mansedumbre que la agresividad.

…de toda la injusticia que rodeó la caída del Temple, hay una primordial, la que viene del Espíritu, que es Quien todo lo rige

Es más, os diré que, más allá de todas las razones históricas, económicas, políticas, de orden interno, …de toda la injusticia que rodeó la caída del Temple, hay una primordial, la que viene del Espíritu, que es Quien todo lo rige: nuestro camino de monjes guerreros resultó finalmente inviable, porque lo que en principio era defensa de la Cristiandad pasaba fácilmente a la ofensa, y Dios no hace acepción de pueblos o culturas. No hay más pueblo elegido que el de los que están preparados para la última octava, y el único enemigo al que han de enfrentarse con todo su valor y entereza es, desde luego, el de dentro.

Además los intereses temporales se imponen con demasiada frecuencia. Tampoco ha resultado sana, en ninguna parte del mundo, la mezcla del poder civil con el religioso…, mas ¿quien iba a imaginar en aquellos tiempos que sería así, que incluso la noble idea de defender a los pobres frente a los poderosos mediante esa alianza iba a ser casi siempre postergada, olvidada o traicionada? El ser humano desconoce al ser humano, y si el individuo se pierde a menudo en las buenas intenciones de su búsqueda, con mayor motivo las complejas sociedades, obligadas a dar respuesta a los problemas prácticos en medio de la Torre de Babel, donde impera el ego y cada cual habla un lenguaje.

En fin, ni de lejos pensaba yo entonces en estas cosas. Mis ocupaciones en la Caballería me libraban de otras cavilaciones, así es que me entregué por completo a ellas, y las gozaba mucho.

Así fueron pasando los dos años que me quedaban para velar las armas, prestar mi juramento y recibir el espaldarazo. Mi padrino tampoco era de muy alto rango, pero si una buena persona. Cuando le pedí permiso para viajar ese verano a Inglaterra se sorprendió mucho, porque sabía que yo no era un partidario de Westminster. “Sólo quiero ver algo de mundo” -le dije, y accedió a darme su bendición, junto con la paga que me correspondía.

Tuve la osadía de personarme en casa de los tíos de ella para pedirles las señas del matrimonio. Al parecer no recibían noticias, pero seguramente seguían en Londres, no sabían si en palacio o en casa propia. Pensé que ella no dejaría de escribir a su prima, pero cuando pregunté por la muchacha, me respondieron que era monja cisterciense, por tanto no tenía contacto con el mundo.

De todos modos, me dije, no será difícil localizar un conde navarro en Londres. Me despedí de mis padres y hermanos, y una mañana gris, en que soplaba un fuerte viento, tomé de nuevo la ruta del puerto de Bayona.
En el próximo número: EL VIAJE (o “en pos de una sombra”)

… pedí permiso para viajar ese verano a Westminster. “Sólo quiero ver algo de mundo”
(Obra de Albert Goodwin)

Texto: Katia Cócera – trendesegovia@gmail.com

Documentación Gráfica: Ilustración del Templario: Javier Garrobo – Escuela de Arte Collado Mediano

Fotografías: Creative Commons.


 

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