EL TEMPLARIO… por Katia Cócera

Continua la verdadera historia del caballero templario que siembra el terror en la Sierra de Guadarrama, en que él mismo narra cómo empezó todo – Capítulo II

ELLA

Ducado de Aquitania en la Plena Edad Media

Tenía yo dieciséis años. En aquel tiempo, mi Gascuña natal pertenecía al Ducado de Aquitania, o sea, al inglés, colindante con el Reino de Navarra, que, a consecuencia de una guerra civil se había acercado políticamente a Francia. Los gascones no nos sentíamos ni francos ni ingleses, sino que cada uno se ponía de un lado o de otro según conveniencia. Algunos de los perdedores en la contienda procedentes de la Alta Navarra, al sur de Los Pirineos, se refugiaron por nuestros pagos, entre ellos parte de la familia de mi dama.

Ella vino a parar aquí con unos tíos suyos, con quienes vivía al estallar el conflicto, enfrentados a la sazón con el resto de la familia, incluidos sus padres. Era, en cierto modo, rehén de ellos, que tenían interés en casarla con un joven navarro de su bando. Antes de encontrarnos, la joven no veía esta boda con malos ojos, ni buenos, a sus quince años recién cumplidos había padecido ya bastantes desengaños afectivos como para espantarse de algo tan acostumbrado. Sólo conocía al muchacho de un par de recepciones formales orquestadas por las familias, era bien parecido y cortés, así que no había más qué pedir.

No creo en las casualidades, y dio la casualidad que, llamémosle García, era compañero mío de escudería, a pesar de que su rango era bastante superior al mío. No éramos grandes amigos, pero congeniábamos bien, y la tercera vez que los parientes respectivos organizaron una recepción para que los novios se fueran conociendo, García, que estaba algo intimidado, me escogió a mí para que le acompañara en el trance. Ninguno de los dos habíamos tratado antes con mozas de ninguna clase, así que acudimos a esta fiesta con más miedo que vergüenza y con más excitación que miedo.

Cuando entramos, las doncellas estaban de pie, agrupadas a un lado de la sala. Los anfitriones saludaron a los recién llegados, y en seguida llamaron a la prometida para que García presentara sus respetos. Dos muchachas se adelantaron, pero mi compañero y yo apenas levantábamos la mirada. Sentí, de pronto, el deseo de mirar, miré, y me encontré con un ángel frente a mí…sus ojos se engarzaron con los míos…y la que pálida como su nombre venía se encendió como una rosa de Provins.

La tía de la novia nos invitó a los cuatro a salir al jardín antes del baile. García debía ir delante sosteniendo su mano, y yo detrás, haciendo lo propio con la de su prima. Las damas se sentaron bajo una pérgola, a todas luces señalada al efecto, en tanto que mi amigo ocupó un asiento cerca de su prometida. Yo permanecí en pie.

Si se puede madurar de repente, yo lo hice en aquella ocasión. Emergió dentro de mí una fuerza, una seguridad tal, que atrás quedó el trémulo adolescente que entró en aquella casona, así es que me dispuse a procurar con decisión, utilizando mis mejores recursos, aquello que pretendía. Ella trataba de mirar hacia otro lado.

Creo que su prima se dio cuenta, mientras hacía lo posible por mantener la conversación. García estaba como petrificado, pero yo, sin hablar mucho, intervenía de súbito, en un tono y en unos términos tan finos, que provocaba su reflejo de atención, sin que ella pudiera evitarlo…Y nuestras miradas se encontraban de nuevo…y yo sostenía la suya hasta que ella no tenía más remedio que apartarla para no delatarse.

Durante el baile, hubimos de alternar con otros donceles y doncellas, conforme a los rituales al uso. Esa era una buena baza para mí, menos indiscreta, y acaso fue también aquella la ocasión en que afloraron mis talentos de sociedad. Percibí, por primera vez, que atraía a las damas, pero mi instinto me avisó de que si me deslizaba por la táctica fácil de los celos sólo obtendría el desprecio de mi dama. Siempre es mejor ser un caballero, además desde el principio he tenido la convicción de que ella y yo somos uno, así es que no sentía la necesidad de conquistarla, sino sólo de hacérselo notar.

Entonces, en los bailes, cada uno mantenía su pareja, y la mía era su dama, aquella prima a la que estamos muy agradecidos, porque, hizo lo que pudo por consolarla mientras convivieron en Gascuña. Por tanto, sólo volví a tocar la mano de la novia al despedirnos, mas esta vez los dos sabíamos que teníamos que beber hasta el fondo de estas raras ocasiones. Había en ese beso más pasión que en cualquier contacto carnal entre hombre y mujer.

Los días que siguieron fueron para nosotros, por separado, una mezcla de tormento y felicidad. NI ella ni yo veíamos el modo de encontrarnos, ni siquiera era fácil que hubiera una segunda vez, como no fuera en la misma boda. A lo largo de esa semana fui comprendiendo, por mi parte, lo impensable de aquella relación, en que además de tropezar con todos los obstáculos familiares posibles estábamos abocados al deshonor, por traicionar la palabra y la amistad que habíamos dado, puesto que las amonestaciones ya habían sido publicadas. Una prometida es, a casi todos los efectos, como una casada, y un joven caballero empezaría mal su carrera acercándose a ella, y no digamos la dama, que arruinaría su vida para siempre. Juro ante Dios que esto último era lo único que me detenía.

No obstante, hice guardia, con extremo cuidado para no ser visto, cerca de su casa, estudié sus raras salidas, siguiendo todos sus pasos siempre que mis obligaciones me lo permitían. Tenía que hablar con ella, al menos. Y recé (ojalá hubiera rezado más y tramado menos). Y ella más. Y un día, después de acechar asiduamente el momento, la encontré sola, arrodillada en una capilla de nuestro templo local.

La llamé por su nombre…

Al principio no se movió. Después se levantó despacio y se volvió hacia mí. Me pareció más hermosa que nunca a la luz de los vitrales, hasta el punto de quedarme sin habla…ni siquiera acerté a saludarla debidamente.

– Oídme, caballero, no tenemos mucho tiempo. Sé que me habéis estado siguiendo, he sentido vuestra presencia de continuo desde aquel día en casa de mis tíos, y he de deciros que no hay en mi alma otra cosa que vos. Sin embargo, sabéis muy bien que este amor nos está prohibido. Sería locura intentar resistirse, porque, a la par de ofender a otras personas, acabaríamos mal nosotros mismos, y, lo que peor es, deshonraríamos este amor que para mí es sagrado. Por ello, señor, os suplico que aceptéis que sea vuestra sólo en Dios, que eso nadie nos lo puede negar, pero alejaos, os lo ruego, y os juro que tanto tiempo como viva como a esposo os llevaré en el alma, y después de muerta más aún, si cabe.

Aquellas valerosas palabras, que me revelaban su elevado espíritu, acabaron de rendirme, así que caí a sus pies como un niño, clamando:

– Señora, no puedo prometeros eso, jamás podría cumplirlo…Mas si puedo jurar que os amaré en esta vida y en la otra, y en cuantas hubiere, porque en verdad mi esposa sois en el alma. Y os juro también que nada haré que pueda ir en vuestro daño, sino que defenderé vuestra salud y vuestro honor con mi vida ¡Quiera Dios que la pierda en vuestro servicio!

– Entonces haréis lo que os he dicho. Id ya, amado mío, que ha de tornar mi dueña al punto.

Tomándola por ambas manos, se las cubrí de besos. Mas hube de levantarme presto al sentir ruido en la entrada, que sólo me quedó tiempo para ocultarme detrás de una columna. Desde allí pude ver cómo ella se levantaba aparentando tranquilidad y salía de la capilla.

Una vez en la calle, las piernas me temblaban de un modo que sólo en otra ocasión experimenté. Mas el corazón me pesaba, porque me iba dando cada vez más cuenta de lo extremadamente difícil que era nuestra situación. Hice algunos intentos, a cual más inocente e infructuoso, por conseguir el apoyo de mi familia, que no se dignó escuchar los desvaríos de un mozalbete. Imaginé toda clase de planes y estrategias, a cual más imposible, y dentro de la mejor tradición caballeresca, hice el sandio por los campos, hasta que finalmente comprendí que lo mejor que podía hacer era procurar otro encuentro. Retomé el seguimiento de mi dama, aunque no fuera más que por volver a verla.

Hacía semanas que no sabía nada de García por ser tiempo de holganza, ni me había acordado de él. Y una tarde, ya de anochecida, me le topé frente a la taberna, ricamente ataviado y muy contento.

– ¡Salud, buen amigo! Entrad conmigo a beber un vaso de vino, que he de contaros grandes cosas.

Eduardo I de Inglaterra

La grandeza en cuestión era que había estado en Londres acompañando a su padre y otros caballeros gascones. Allí habían apreciado su lealtad al rey de Inglaterra, Eduardo I, muy de agradecer en vasallos más bien díscolos, como acostumbraban a serlo mis paisanos, y el mismo Lord Canciller le había distinguido con un cargo y dado el espaldarazo antes de tiempo. No debía confiar del todo en ellos, puesto que en tal caso le hubiera colocado en algún puesto estratégico dentro de la propia Gascuña. Seguramente lo que pretendía era granjearse las simpatías de los nobles ofreciendo a sus hijos una posición acomodada.

El caso es que había regresado al país sólo para casarse lo antes posible y regresar con su esposa a Inglaterra. Los tíos de la joven habían acogido la nueva con regocijo, así que, prescindiendo de casi todo el protocolo, la ceremonia se había fijado para ese mismo domingo.

– ¡Mas a tiempo estamos de que seáis mi testigo!

En el próximo número: EL PLAN (o “la auténtica boda”)


Texto: Katia Cócera – trendesegovia@gmail.com

Documentación Gráfica: Ilustración del Templario: Javier Garrobo – Escuela de Arte Collado Mediano

Fotografías: Creative Commons.


 

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