EL TEMPLARIO – Capítulo VIII, por Katia Cócera

EL TRÁNSITO DE LA MUERTE: En que nuestro templario habla de su experiencia en el más allá,  y le cede la palabra a la dama

Los templarios recibíamos instrucciones precisas para el momento de morir, y yo sabía que en ese trance es crucial poner el pensamiento en Dios y sólo en Dios, y dirigirse siempre hacia su Luz, dejando de lado cualquier otra solicitud o escrúpulo, para eso practicábamos la oración en todas sus formas. Así lo hice mientras sentía el desmantelamiento de mi cuerpo, pero al llegar al plano de la mente fueron desfilando las imágenes relativas a mi vida, sobre todo los rostros de cada uno de los hombres a quienes había dado muerte, sin que faltara uno, sarracenos o no, puesto que había participado también en algún enfrentamiento entre cristianos…sin olvidar al brujo.

Traté de volverme hacia Dios, pero a medida que me acercaba a lo más profundo de la mente fueron apareciendo estampas cada vez más terroríficas, tan realistas que me parecía sufrir mil muertes, a cual más espantosa. “No son más que pesadillas”, recordé, y de nuevo traje al Ser Supremo a mi memoria, repitiendo el Nombre divino que se me había transmitido. Al cabo alcancé a ver, allá en el fondo del alma, una Luz, que se fue afirmando ya con rotundidad…y en ella a mi Dama, de una belleza y luminosidad que no podría encarecer lo bastante, y en una especie de vuelo me fundí con ella. Allí se me dio reposo, un bienestar tal que de ningún modo se puede alcanzar en la condición humana.

Más allá del tiempo y el espacio, todo es perfecto. Sin embargo era menester regresar a un estado de conciencia en que el alma pudiera contemplar desde dentro los velos que aún la enturbiaban. Para mi gran sorpresa, no eran tan espesos como yo pensaba, pero algo quedaba por dirimir. Acepté sumamente gustoso y agradecido la experiencia que se me ofrecía, aunque no era precisamente gozosa. Afortunadamente, en ese plano uno recuerda el sentido de lo que está viviendo, y eso hace llevadero el sacrificio. Regresé pues, con mi cuerpo sutil, al mundo humano, donde tendría que vagar durante algún tiempo. Sé que muchos no me creerán, pero aun esto es preferible a volver con un cuerpo denso.

La indescriptible alegría de encontrarme con Ella, para luego perderla otra vez, dejó en mi corazón una mezcla de esperanza y ansiedad, a veces casi insoportable. Pero obtuve gran consuelo al acudir a mi presencia Ostadar, mi viejo caballo, así mismo en cuerpo sutil, haciéndome verter unas lágrimas, que no por espectrales, eran de menor alegría.

Lo primero que acostumbra hacer un alma tras la muerte del cuerpo es recorrer los lugares donde transcurrió su vida. Corrí, por decirlo así, a aquel aposento de la aldea de la Val Savín en que dormía mi dama y, en efecto, allí estaba, profundamente dormida, No está permitido interactuar directamente con las personas del otro lado, ni tampoco permanecer demasiado tiempo cerca de ellas, además de ningún modo quería asustarla, así que me dispuse a entrar en sus sueños…En ese momento sentí ruido en el piso bajo y comprendí que la gente del conde se aprestaba para sus faenas matinales. Cuando desde mi privilegiado punto de mira comprendí que García no entraba en el aposento de mi dama, no sabía si reír de vergüenza o llorar de contento.

Había transcurrido una sola noche de las vuestras desde aquella oración en el Santo Sepulcro, por tanto ella no sabía nada de lo ocurrido. Debía de advertirla de forma que la noticia le fuera lo más leve posible cuando le llegara. Aguardé a que entrara en la fase propicia y me presenté ante ella, con la cortesía habitual. Pero ella se abrazó a mí, y así permanecimos otra vez sin tiempo, en un nuevo e inesperado éxtasis, hasta que noté que tenía que marcharme.

– Amada -le dije, o, más bien, le sugerí- Has de saber que ya no hemos de vernos más en esta vida, pero no debes lamentarlo, porque estamos juntos, y siempre lo estaremos. Yo volveré a tus sueños siempre que sea posible, mientras vivas, y acudiré a tu encuentro cuando Dios quiera traerte a mi lado ¿Acaso no es una gran felicidad poder reunirnos sin sombra de culpa? Entre tanto, ambos hemos de hacer lo que tenemos qué hacer.

Una fuerza implacable me iba ya alejando de ella, que intentaba retenerme mientras empezaba a despertarse. Me quedé para ver el efecto de mi mensaje. Pude contemplar un gesto de extrañeza, sin que abriera los ojos todavía. Entonces los abrió de par en par y se incorporó, súbitamente angustiada. No pude resistir más aquella escena, así que monté en Ostadar y me fui a galopar por la sierra.

Lo que sigue, es mejor que os lo cuente ella misma:

¡Ay, amigos! ¿Cómo describiros el efecto de aquel sueño hermosísimo y terrible a la vez? Nunca me había sentido tan unida a mi caballero y, sin embargo, la premonición no podía ser más inquietante. Me esforcé por recordar las palabras con exactitud por si había entendido mal, pero permanecían en la vaguedad. En cambio, la percepción de que algo le había ocurrido era muy contundente.

Según lo previsto debía estar en camino hacia París. No había medio, por tanto, de hacer averiguaciones ni de esperar noticias suyas, al menos en bastante tiempo ¡Qué triste situación la nuestra! Recé con todas mis fuerzas, pero bien notaba yo que topaba con voluntad superior.

Le había contado el hecho del reencuentro a García, que lamentó mucho no haber tenido ocasión de saludarle. Yo no tenía queja de él, que pese a mi retraimiento me trató siempre con respeto, y aprendió pronto a buscarse compensaciones por otro lado. Eso nos permitió, con los años, mantener una buena amistad, así que de ningún modo quería yo ofenderle.

Fueron pasando los días hasta la tarde en que tornaban los paisanos del mercado de Segovia. El mozo que nos hacía los recados venía impresionado por unos extraños sucesos que le habían referido allí, que a su vez relató a mi doncella: la ciudad andaba revuelta por la coincidencia de dos muertes en la misma noche, una violenta y la otra asaz misteriosa. Cuando la muchacha oyó de quienes se trataba, como en algo sospechaba la importancia que podía tener para mí, vino a comunicármelo en secreto. Menos mal, porque me hubiera delatado por completo. Al ver mi expresión, añadió, compadecida:

– Señora, aún no sabemos si se trata de él o no. A lo mejor es algún otro senescal extranjero. Con vuestro permiso intentaré enterarme discretamente de todo lo que pueda.

Mas no cabía duda. La noticia llegó después por vías diversas, a través de los monteros del conde, sin ir más lejos. Mucho lo sintió don García, que quiso rendir homenaje a su antiguo amigo, pero yo sabía por mi querida doncella que corrían ya muchos rumores por toda la Val Savín sobre la posible relación entre el templario, el nigromante y cierta dama de la corte a quien visitaba en la aldea. En aquel trance me daba igual todo, sin embargo era preciso alejar de allí al conde cuanto antes para protegerle de las habladurías.

No tuve dificultad en pasar por enferma, puesto que a la verdad desfallecía por momentos. Mi amiga más que sirvienta, me procuró un médico que aconsejó el rápido traslado a Valladolid a fin de ser atendida por los mejores expertos, de modo que partimos de un día para otro, dejando atrás la mayor parte de nuestro equipaje. Ya no me repuse de aquellas fiebres tísicas. En Valladolid todos los médicos me desahuciaron, por más que Doña María de Molina hizo venir a los mejores de Castilla, e incluso de algún otro reino.

Doña María de Molina hizo venir a los mejores de Castilla

Quiso Nuestro Señor Misericordioso que la gente diera en suponer que el homicidio del brujo a manos del Senescal del Temple se debía a un desacuerdo económico, y que lo que pretendía el caballero era forzar el amor de la dama de la Val Savín sirviéndose de un hechizo. Por ello esa misma noche recibió el castigo de Dios…Con esto quedaba mi honor inmerecidamente a salvo, mas con él, el del conde. ¡Cuántas veces recordé aquel juramento juvenil en una capilla de Gascuña, intuyendo que no había sido traicionado!

No quería creer que mi caballero estuviera involucrado en la muerte del hechicero, aunque le conocía bien, pero me dolía sobremanera que su nombre fuera mancillado. Por lo demás, la Orden del Temple no halló motivos para inculparle dada la actitud orante en que le encontraron, sino que le dio sepultura en sagrado con todos los rituales al uso, sin ruido, eso si, y en la misma iglesia, según creo.

En vista de que no había remedio para mi mal, don García y yo tornamos a tierras de León con licencia de la reina, de la que me despedí con harto sentimiento por parte de ambas.

– Poco os he servido, majestad, con este mi carácter huraño y mi delicada salud.

– Al contrario, hija, almas como la vuestra nos hacen mucha falta en el reino, que sepan orar en silencio, porque con su recto entender se agrada Dios, y antes escucha sus hermosos ruegos que respalda tanta obra vana.

Al poco de llegar a nuestro palacio leonés, situado al pie de un precioso valle de montaña, experimenté una pequeña mejoría. Ya desde la Val Savín, veía a mi amado en sueños casi a diario, y si una noche parecía faltar, me quedaba la convicción de que había estado, aunque yo no lo recordase. Era una cita segura, como la de dos jóvenes enamorados en sus tiempos de noviazgo.

Una tranquila tarde de otoño, sentados junto a un ventanal desde el que contemplábamos el colorido de la arboleda, García me preguntó:

– Decidme la verdad, señora ¿qué había entre vos y el senescal templario?…

 

En el próximo número: EL ÁNGEL DE LA VIDA (última entrega)


Texto: Katia Cócera – trendesegovia@gmail.es

Ilustración del Templario de Javier Garrobo

Documentación Gráfica: Creative Commons.


 

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