EL TEMPLARIO – Capítulo VII, por Katia Cócera

LA CAÍDA – En que el mismo caballero templario confiesa el tremendo error que cometió y las consecuencias que ello tuvo

– Decidme, señora ¿es que no me deseáis?

Ella titubeó…, pero afirmando su voz respondió:

– Un caballero no puede hacer esa pregunta.

– Perdón, señora -dije cayendo a sus pies.

Entonces, acariciándome la cabeza, añadió:

– ….además lo sabéis de sobra.

Aquello era ya más fuerte que yo. Me alcé y la alcé entre mis brazos, la estreché con fuerza, la besé con toda la pasión acumulada en tantos años de separación sin esperanza…y ella se entregó. Tomándome de la mano, me llevó a su cámara, donde nos olvidamos por completo de cualquier reparo, como si no hubiera nadie más en todo el orbe.

La noche caía, y lo último que yo quería hacer era abandonar aquel lecho. Pero no había otro remedio, o de nuevo corría el riesgo de echarlo todo a perder. Al abrazarnos por última vez se apoderó de nosotros la angustia ¡Bien largo y azaroso era también, es otro plazo que se interponía entre nosotros!

Compuesta la figura, nos despedimos cortésmente en la puerta, aunque por allí no aparecía un alma.

En el patio, cogí las riendas de mi caballo de manos del mozo y monté con presura, poniendo rumbo a la granjilla. Nada más salvar el primer repecho, divisé una hilera de antorchas que bajaba hacia la aldea: El conde retornaba a casa.

¡Cielos! ¿Cómo podría yo impedir que tocara a mi dama? Solamente me quedaba un recurso. Apretando los dientes, volví grupas hacia el conventillo, al que llegué poco antes de la medianoche. Me había saltado varios oficios, pero nada era eso en comparación con lo que ardía en mi pecho.

A la mañana siguiente avisé a mis escuderos de que me desviaría yo sólo a Segovia para ultimar un asunto delicado. Si no les alcanzaba antes, debían esperarme en nuestro cenobio de San Juan de Otero durante una semana, y partir directamente hacia París si yo no hubiera llegado para entonces. Les entregué el cofre con todo el dinero con que contábamos para el viaje, y me quedé únicamente con una bolsa de la que podíamos disponer los senescales para nuestros gastos personales. Mi situación especial dentro de la Orden me facilitaba tales movimientos, que a menudo contravenían en algo la regla.

Siguiendo el curso del Eresma me encaminé directamente al precioso templo del Santo Sepulcro y me despojé de todo emblema que pudiera identificarme con un Pobre Caballero de Cristo, salvo la espada, cuya empuñadura marcada con la cruz paté disimulé bajo una pieza del cinto. Después me dirigí a los arrabales, preguntando aquí y allá quien me podría recomendar un buen curandero. Diéronme algunas direcciones, que visité a lo largo de la jornada hasta escoger el que me pareció más dado a los conocimientos ocultos, un personaje de edad imprecisa, muy delgado y con las facciones muy marcadas, que me dio la impresión de haber adivinado lo que yo pretendía.

Vivía en una caseta medio enterrada en un quiebro de la muralla, adonde regresé a última hora de la tarde. Me hizo pasar y me invitó a bajar por una escalera disimulada bajo un catre, que conducía a un sótano de extraordinarias dimensiones en comparación con las de la vivienda.

Me ofreció asiento en una mesa en la que había diversos objetos, entre ellos unos vasos y una redoma con licor, del que rehusé beber con toda cortesía. Allí le expuse mi propósito: se trataba sólo de evitar el acercamiento de un esposo a su esposa, mediante algún conjuro que lo adormeciese, o cosa similar, cada vez que pusiese en ella los ojos, sin que por lo demás recibiese daño alguno. Los hechizos para el enamoramiento, como para el aborrecimiento, eran de uso común entre el pueblo, a pesar de las condenas de la Iglesia, pero quería evitar un rechazo extremo, no fuera a redundar en perjuicio de mi dama. Ni siquiera pensé en la compasión que, a su vez, merecía don García, aunque mi cautela fuera también en su beneficio.

Iglesia de San Juan de Otero

El sujeto entendió muy bien la situación y me dijo su precio, que entraba dentro de mis posibilidades. Me pidió que esperara tranquilamente mientras él preparaba lo necesario. Tomó dos cirios, los fundió en un recipiente de metal con un hornillo, y vertió la cera en una piedra plana. Apenas se enfriaron lo suficiente hendió la pasta por la mitad y amasó rápidamente con las manos dos toscas figurillas, en las que grabó un signo distinto en cada una con la ayuda de un estilete. Luego vertió un líquido transparente sobre una de ellos, que me pareció agua, y un líquido negro sobre la otra.

– Poned vuestra mano sobre esta, caballero, pero sin llegar a tocarla – me pidió, señalando la del líquido negro.

Así lo hice, mientras él repetía unas palabras incomprensibles. Entonces sentí un desagradable ardor en la palma y un incontestable olor a cadáver, pero aguanté hasta que el brujo me hizo seña de que podía retirar la mano. Un pavoroso escalofrío recorrió mi espalda cuando observé que la negra figurilla petrificada bajo mi mano reproducía con bastante precisión los contornos de mi dama.

Una mirada terrible interrogó al hechicero.

– Pues bien, caballero, si queréis que vuestra dama siga viviendo habéis de entregarme un cofre lleno de monedas de oro, otro de monedas de plata, y otro más con joyas u objetos de valor.

Desde que corrió el rumor de que la Orden del Temple podía desaparecer, mucha gente dio en pensar que no hacíamos otra cosa sino transportar tesoros. Ignoro si aquel personaje conoció mi identidad, pero desde luego no estaba muy al tanto de mi solvencia. En cualquier caso, todo apuntaba a que la vida de mi vida estaba en su poder

No era momento para auto-recriminaciones, por justas que fueran. Con un gesto raudo le agarré por un brazo y lo retorcí delante de mí, asentándole el agudísimo filo de mi espada en el cuello. Mi intención era atemorizarle lo suficiente como para que retirara el hechizo ipso facto, pero antes de que pudiera completar el gesto, el desdichado fue presa del pánico, se debatió, y se degolló él mismo.

Ante aquella macabra escena, me di cuenta de la enormidad de mi estupidez y de mi falta de fe, que borraron de mi memoria el hecho de que Dios nunca pasa por alto una cosa así. Tras encomendarle el alma de aquel hombre, arrojé las dos figurillas al fuego y limpié cuidadosamente mi espada. Salí por fin de aquel antro presa de la mayor angustia, monté en mi caballo y puse rumbo a todo galope hacia el Santo Sepulcro. Aunque indigno de ellas, retomé mis insignias de templario para arrodillarme ante el Lignum Crucis con la solemnidad necesaria para el voto que iba a hacer:

– ¡Dulce Señor, que el perdón nos tenéis acordado antes de que pensemos siquiera en la culpa, cuyo poder excede toda medida: tomad, os lo suplico, mi vida por la de ella, cuando y como seáis servido!

Un instante después, una tremenda ráfaga de viento abrió una de las pesadas hojas del portalón. Al poco rato sentí una gran opresión en el pecho y una sensación de asfixia, como si alguien me estuviera aplastando bajo una losa con una fuerza descomunal. Comprendí que mi hora era llegada, pero también que Dios había escuchado mi plegaria. ¡Gracias, Señor! quise decir, pero caí, derribado, a tierra.

Segovia: Puerta de San Andrés

Texto: Katia Cócera – trendesegovia@gmail.com

Documentación Gráfica: Ilustración de Javier Garrobo. Katia Cócera. Creative Commons


 

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