EL TEMPLARIO – Capítulo VI, por Katia Cócera

EL REENCUENTRO: De lo que trataron el caballero templario y su dama tras volver a encontrarse en Val Savín

 

Me quede pasmado, como de costumbre. Entonces dijo ella, con un atisbo de picardía en la mirada:

– Bienvenido seáis, caballero. Ea, sentaos y contadme todo lo que habéis hecho desde que mis pobres ojos dejaron de veros.

No me senté, sino que me arrodillé a sus pies y besé su mano con devoción, los ojos llenos de lágrimas. Sentí como la de ella temblaba también, sutilmente.

– Alzaos, señor, por caridad.

La obedecí y me senté en un butacón cercano. Ardía en deseos de explicarle cómo fue que no volví a su presencia, cosa que hice con cierta torpeza, pero con la mayor sinceridad.

– ¿Dónde estabais, señora, que nadie supo darme razón en toda la ciudad?

Resultó que el cargo recibido por el conde navarro implicaba su traslado a unos territorios del antiguo Reino de Northumbria, bastante lejos de la corte y de cualquier lugar civilizado, según don García, que se afanó desde el principio en conseguir destino en otro reino. Hubo de esperar hasta 1284, cuando la ascensión al trono, un tanto forzada, de Sancho IV de Castilla inducía a la pareja real a buscar alianzas por doquier.

– En cambio yo me encontraba a gusto en aquellos páramos, nubosos y solitarios, que se avenían bien con mi ánimo…Señor, no os atormentéis por no haberme encontrado. Yo le rogué a Dios con mucha fe que alejara de vos todo mal, y sé que me oyó, por eso nunca he dudado de vuestra lealtad.

Yo callaba, mas aquellas palabras, su bello rostro, la belleza misma de su alma, iban calando más y más en la mía, y sentí renacer con tanta fuerza el fuego del amor que yo mismo me asusté.

La condesa fue muy del agrado de doña María de Molina…

El conde ocupó un puesto en la corte de Castilla, en tanto que la condesa fue muy del agrado de doña María de Molina, que la incluyó entre sus damas. Con ella aprendió a leer y escribir, porque era conveniente para su servicio. Durante los primeros años de reinado tuvieron que acompañar los principales desplazamientos de los reyes, para disgusto de la condesa, que acabó por enfermar, secretamente asqueada de las turbulencias de la época. Cuando supo la reina que su dama prefería una vida más retirada, tuvo la generosidad de proporcionársela, confiando a los condes unas tierras suyas en León, donde ella misma se retiraba algunas veces.

– Ved que Dios no ha querido darme hijos. -añadió, sonriendo, la dueña de mi corazón, ajena, según me pareció, a toda nostalgia o sentimiento de fracaso.

Tornad, si así lo queréis, el próximo domingo…

Era ya avanzada la tarde y hora de partir. Mucho quedaba por decirse, pero quizá no fuera prudente repetir tales visitas.

– Señora -le pregunté- ¿Hay modo de que pueda volver a entrevistarme con vos? Aún tengo sed de vuestras noticias.

Ella sonrió de nuevo y respondió:

– Tornad, si así lo queréis, el próximo domingo. Estoy segura de que don García se alegrará de encontraros cuando vuelva de la caza. Suele ir y venir de semana en semana, y tenemos intención de pasar aquí el verano. Yo nunca le acompaño, porque me aflige la matanza de los animales.

Me despedí de ella más confuso que agradecido. Durante el regreso, entre dos luces, me di cuenta cabal de que jamás podría contentarme con esas visitas. Tampoco era posible prolongar indefinidamente mi estancia en Castilla. Cuando llegué, ya se habían rezado las Completas y los hermanos se disponían a retirarse. Cumplí lo mejor que pude con las obligaciones litúrgicas, pero llegada la hora del sueño, en vez de recluirme en mi ermita, me fui a caminar por el bosque.

Brillaba una hermosa luna, arrullada por el canto de la zamarrapastora. Sentado sobre una roca me sentí indigno de mi hábito de templario, que la aparición de mi dama había convertido en un estorbo. En conciencia, debía dejarlo o alejarme por completo de ella, porque si seguía viéndola no podría contener el deseo de abrazarla. Harta pena me daba dejar atrás una Orden con la que tanto me identificaba…

Mas no es eso lo que Dios tiene en cuenta -me dije- no es la figura del monje soldado, ni siquiera la pérdida del honor ante mis hermanos, con todo su ritual de escarnios, sino la integridad del alma lo que a Él le interesa. Ya sabía yo que no era por entero un monje, pero hasta ahora me pareció que Le servía bien donde estaba.

Tenía que hablar con ella y exponerle abiertamente cuál era mi ánimo. Pero ¿qué hacer de García? El adulterio era inaceptable para entrambos, además yo no toleraría la presencia del otro. No, si dejaba el Temple sería para casarme con mi dama, con toda legitimidad…Provocarle y darle muerte equivalía a un crimen…lecho nefasto para el amor sería ese. ¿Y si fuera él quien repudiara a la condesa? Quizá hubiera algún medio de persuadirle.

El silencio del bosque me dio la respuesta. Lo que debía hacer era regresar a París con mis escuderos y referirle al Maestre con honestidad lo que pasaba por mí. Era probable que, mediando capítulo o no, según lo considerase oportuno, obtuviera licencia para dejar, acaso temporalmente, el hábito, incluso que se me permitiera volver como Caballero de la Orden Tercera, en la que se admitía a los casados. Entonces regresaría a Castilla y vería cómo conseguir la mano de mi dama…Lo que nunca podría hacer era renunciar a ella después de haberla vuelto a encontrar, no dejaría pasar esta segunda oportunidad. Me encomendé a la Madre Divina para que tomara de su mano mi negocio.

El cargo recibido por el conde navarro implicaba su traslado a unos territorios del antiguo Reino de Northumbria

A la mañana siguiente anuncié a los hermanos que mi salud estaba recuperada y que partiríamos hacia Francia en el plazo de una semana. La tranquila vida monástica, las disposiciones del viaje y los paseos a caballo apenas aliviaron mi impaciencia porque llegara el domingo. Me turbaba el pensamiento de que García estuviera de vuelta, pero, por fortuna, cuando subimos de nuevo al coro solamente ocupaban el primer banco la condesa y su doncella.

Al término de la ceremonia bajé a saludarla. Allí no podía ni tocar su mano, pero al mirar su rostro comprendí que también ella había sentido la fuerza de este amor inexorable. Apenas había tenido yo tropiezos con el voto de castidad, sino alguna rara ocasión en mi juventud, de la que salí bastante hastiado, pero fue como si el celibato de tantos años reventara de pronto ante mi dama. Era algo que no podía evitar.

– Señora, quisiera despedirme esta tarde de vos, porque volvemos a París de mañana.

Ella empalideció de un modo alarmante. Mucho me pesó entonces aquel alarde, que pretendía, desde luego, ratificar mi intuición. ¡Cuán mísero el amor humano, que se deleita a veces en el dolor del ser amado!

– …Sin embargo, antes he de hablaros. No he renunciado a vos, ya sabéis que eso es imposible.

– Callad, señor. Os espero esta tarde.

Cuando llegué, ya se habían rezado las Completas y los hermanos se disponían a retirarse

Tras una marcial inclinación de cabeza, me reuní con los hermanos y nos alejamos de la aldea. Ya de camino me acordé de que ni siquiera había presentado mis respetos al capellán.

Cuando volví por la tarde, encontré a mi dama en el mismo lugar, muy pensativa. Traté de animarla exponiéndole mis planes y prometiéndole que no haría uso de la violencia.

– Caballero, a fe que no veo claro cómo acabará todo ese entuerto, mas entiendo que es justa vuestra resolución de consultar con vuestro Maestre, así que es obligado ese primer paso. Razón lleváis también en que una relación ilegítima ha de ser completamente descartada…Por eso entiendo que mejor sería, señor, dejar este amor en la dimensión del espíritu, que es la única verdadera, y prescindir de los lazos del mundo. Catad que el matrimonio no es un estado tan satisfactorio como dicen, y que acaso después de pagar tan alto precio y pasar tantos trabajos, os pese con el tiempo.

– Dulce peso ha de ser para mí envejecer a vuestro lado. Quizá podría, señora, renunciar a tocaros si pudiera veros y hablaros libremente, pero jamás pasaré por la afrenta de tener que esconderme y andar esperando a que otro suelte el queso. Desposaros es la única alternativa posible. Sabed, señora, que el amor entre hombre y mujer, en todas sus dimensiones, puede ser una vía espiritual, y no dudo de que el nuestro, tan cierto, lo es para nosotros.

– Si así fuera, señor, la Providencia se encargará de abrirla. Entre tanto, este amor en el espíritu puro ha de quedar.

Me sentí, de pronto, como un niño perdido.

En el próximo número: La Caída o “cegado por la pasión”


Texto: Katia Cócera – trendesegovia@gmail.com

Documentación GráficaIlustración de Javier Garrobo.

Creative Commons.


 

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