EL TEMPLARIO – Capítulo IX y último, por Katia Cócera

EL ÁNGEL DE LA VIDA: En que la dama concluye su relato y el caballero retoma la palabra para explicar en qué paró todo

Después de reflexionar un momento, respondí:

– Todo, señor. Sabed que nos vimos muy pocas veces, dos en Gascuña y dos aquí, en Castilla. pero siempre nos llevamos el uno al otro en el alma, y creo que así será por toda la eternidad.

Después de un largo silencio, el conde declaró:

– Mejor hubiera sido que me lo dijerais. Yo os habría repudiado con discreción y todos hubiéramos podido tener una vida más feliz…por lo menos, más sincera.

– No hubo ocasión, señor él debía resolver antes que nada la cuestión de su estado ante su Maestre…, pero la muerte se lo llevó.

Al pronunciar estas palabras, los ojos se me llenaron de lágrimas y me puse a llorar como si no hubiera llorado nunca antes.

– Perdonadme, si podéis, señor -acerté a decir-. Siempre estaré en deuda con vos por vuestra magnanimidad.

Unas semanas más tarde recibimos un memorándum de la corte en que se nos informaba del arresto del Maestre de la Orden del Temple junto con muchos freires de Francia. Aquello me conmovió profundamente. Reuní las pocas fuerzas que me quedaban para dirigirme a mi oratorio y postrarme ante la imagen de Nuestra Señora, porque intuía que la tremenda noticia venía con un mensaje especial para mí.

Oré largamente por los hermanos arrestados y por la resolución del conflicto, hasta que un desmayo me hizo caer a los pies del reclinatorio. No tardé en recuperar el sentido, pero apenas podía tenerme, así que me arrastré hasta el altar y me recosté en él. Allí me sobrevino una extraña lucidez: de súbito comprendí el inmenso favor divino que subyacía al fallecimiento de mi caballero, que de lo contrario hubiera compartido, casi con certeza, la suerte de Jacques de Molay y los otros dignatarios de la Orden. Así es como paga Dios las ofensas que le hacemos, dándole la vuelta a nuestros errores, para que aprendamos la lección al tiempo que nos ahorra padecimientos.

Entendí, así mismo, que nuestro amor, tan grande como imposible de satisfacer en esta vida, se había guardado mejor así, porque el trato prolongado de dos que así se aman cae irremediablemente en el infierno, del que difícilmente hubiéramos sabido salir, mientras que de este modo con sólo el purgatorio, y no muy fiero, nuestra experiencia humana estaba cumplida. Además eso nos permitió seguir la vía adecuada para cada uno: él, la búsqueda del conocimiento sagrado, la mía, la del retiro interior. Si nuestra unión era en Dios, nada más había que desear.

Volví a desfallecer. Allí me encontró don García, que me devolvió al lecho. A partir de aquella tarde, el avance de la enfermedad fue tan gradual como imparable, pero yo me sentía bien, estaba en paz. Al llegar la primavera siguiente empeoré de tal manera que hube de recibir la Extrema Unción y el Viático. Me rodeaban varias personas, de las que hubiera querido despedirme, escuchaba sus palabras, pero ya no podía traspasar la distancia que se iba abriendo entre las dos orillas. Yo sabía que encaminándome hacia la Luz, alcanzaría toda felicidad, fuera esta la que fuera, y la Luz apareció bien clara, y en ningún momento me abandonó.

Y allí, envuelto en la Luz, me esperaba mi Caballero. Me fundí con Él en un último vuelo, y así permanecimos, más allá del tiempo y el espacio.

Sólo unos cuantos meses de los vuestros duró esta última separación pero, creedme, fueron durísimos para mí, porque si el infierno es un estado de conciencia que se caracteriza por una sensación de eternidad, el purgatorio o noche oscura tiene la virtud de alargar indefinidamente el tiempo. Uno y otro suelen tener lugar en la misma Tierra, y no hace falta morir para experimentarlos, pero en mi caso fue así. Salvo los fugaces momentos en que podía introducirme en los sueños de mi dama, el resto del tiempo vagaba y vagaba sin rumbo, muerto de sed, de una espantosa sed espiritual, en un estado de angustia vago y profundo a la vez, del que ni siquiera podía entender claramente la causa.

Gemía y clamaba a Dios sin hallarlo en modo alguno, sintiéndome la más indigna y miserable de las criaturas. Aquello hubiera podido llamarse infierno, si no fuera porque la fe temblaba, pero resistía, pero la desesperación parecía ir ganando la partida, y del amor, no quedaba más que la sombra, una especie de frío recuerdo, que sólo en raras ocasiones se avivaba, pero entonces me desgarraba aún más la sed. La fe me decía que esta fase era una bendición, que ahí se consumirían todas mis negaciones, pero yo no veía el término, antes encontraba las más sólidas razones para que aquello se prolongara más y más.

Alto Valle del Eresma-Monte de Valsaín

Fue en este trance cuando la intensidad de la experiencia hizo que empezara a aparecer galopando por los Montes de la Val Savín y, desde luego, la visión debía ser aterradora, por la expresión que me daba. No me espanto de que la gente me asociara con todo mal, máxime considerando la historia que precedía. Mas ni por un instante pensé en hacer daño a nadie, bastante avergonzado y decaído estaba por lo que de mí sabía, así es que todo mi furor lo volvía contra mí. Es más, si acaso me daba cuenta de que estaba asustando a alguien, luego procuraba encalmarme un poco para desaparecer lo antes posible. Ninguno puede decir que me haya regodeado en tan vil hazaña. Nuestro Señor es quien permite o impide, finalmente, estos extremos, Él sabe por qué.

Por lo demás, la imaginación popular fue añadiendo detalles a mi historia, muchas veces mezclados con los de otras vidas o leyendas, de modo que cualquier enclave de la sierra con alguna atribución diabólica o nigromántica era relacionado inmediatamente conmigo. Mas no es el INRI lo que agrava el alma, sino los propios errores.

En fin, yo veía como mi amada iba desfalleciendo de día en día, pero desde mi perspectiva la muerte es una puerta a la Vida. Que ella también lo percibiera así es de admirar, pero no tanto para quien tan de cerca se lo podía dar a entender. Estos breves lapsos de amor parecía que no iban a acabar, en ellos se lo daba todo, pero acabados, me dejaban aún más miserable.

He de decir que después de aquellos celos terribles que tan duras consecuencias tuvieron, me sentía en deuda con García, con quien fui tan malpensado, y que al fin y al cabo había protegido a mi dama con más desinterés que yo mismo, hasta el último momento. Me introduje una noche en sus sueños para implorar su perdón y prometerle que, así como falsa había sido mi amistad en vida, verdadera había de ser ahora, allá donde no cabe mentira, si él quisiera aceptarla. Lo que parece imposible en el escenario del mundo, es fácil y natural en la dimensión del alma, y García aceptó. En lo sucesivo velé por su bien, y en la hora de la muerte, cierto ángel, que no se dio a conocer, le asistió con esmero para que no le confundieran los rigores del tránsito.

Y llegó por fin el de mi dama. Y esta vez, ya no hubo límite a mi presencia: pude esperarla tranquilamente en lo más profundo de nuestro corazón, en un punto en que yo era más que yo y ella más que ella. Con ese encuentro definitivo, que no era distinto al de mi propio tránsito, acabaron todas nuestras penas, unidos en la Divinidad, en un inmenso gozo.

Renunciamos, sin embargo, a permanecer continuamente en la Gloria, haciendo voto de no instalarnos en ella hasta que toda criatura estuviera en condiciones de gozarla también. Ahora funcionamos como dos partes de un mismo ángel, unas veces con aspecto de radiante Caballero, otras de Dama resplandeciente (como un hada, pero sin el como), otras, los dos a la vez. Nuestra misión es proteger a cuantos pasan por la Sierra de Guadarrama de cualquier peligro, físico, mental o espiritual, juntos o por separado, valga la expresión, según conveniencia.

Mucho nos dan qué hacer los genios del submundo, tan débiles como burlones, con su absoluto desprecio de vidas y almas. A veces, con quien les da pie, se hacen pasar por un solo, gran demonio, incluso por el mismísimo príncipe del mal, que no es otro que un montaje de estos (como el ego, pero sin el como). Entonces tenemos que usar de todo nuestro poder, que procede directamente de Dios, y yo he de echar mano de mis dotes de guerrero para desmembrarlos y ponerlos en fuga. Los grandes santos saben cómo rescatarlos, pero ese no es asunto nuestro.

Sin embargo, más guerra nos dan las mentes de los seres humanos, con su agitación, sus oscuridades y sus fijaciones ¡Si supieran el trabajo que tenemos los ángeles saliendo al paso de todo lo que generan, a fin de evitar males mayores! Tenemos orden de dejar correr sólo aquello que redundará en un aumento de conciencia, pero a la mayoría hay que cubrirlos casi por completo. Este es, sin embargo, nuestro principal cuidado, porque esta especie es la llamada a dar el gran salto. Ciertamente, estos nos hacen llorar con alguna frecuencia…En cambio es maravilloso cuando podemos hacerles llegar un lapso de paz o un mensaje de Luz.

Los peligros físicos, la Naturaleza, son lo de menos. Con los niños hay veces que no paramos, pero nos reímos mucho. Con otras criaturas, los animales, las plantas, los elementos, los objetos,…es una delicia, porque son ángeles como nosotros.

Aunque actuamos, lo hacemos siempre desde nuestro estado contemplativo, como si nada hiciésemos, y así es como acertamos siempre. Nos sentamos o paseamos por la sierra y otros lugares del Universo, en todas dimensiones, desde los altos Cielos a los mundos inferiores, que a nosotros no nos afectan. Mas tenemos una predilección por nuestro rincón de la Tierra, así que se nos puede entrever en un parpadeo montando a Ostadar los dos juntos, ella casi siempre delante de mí, para poder abrazarla.

Por si no os habéis dado cuenta este es el Paraíso Terrenal…¡Pues qué será la Gloria!


Texto: Katia Cócera – trendesegovia@gmail.com

Documentación Gráfica:  Ilustración de Javier Garrobo Escuela de Arte Collado Mediano

Katia Cócera.

Creative Commons.


 

 

Ilustración de Javier Garrobo

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