EL TEMPLARIO – Capítulo IV – Por Katia Cócera

EL VIAJE: En que se narra el durísimo periplo del recién armado caballero por tierras inglesas

Una vez sobre los muelles, tuve que bregar varios días con los patrones de las embarcaciones, que incitados por mi planta de caballero novel me pedían precios descomunales por llevarme unas millas al norte. Por fin me enteré de que acababa de fondear una nave que se dirigía a Portsmouth, pero antes de entablar negociaciones le alquilé su indumentaria a un comerciante en vinos que paraba en mi posada, de manera que no fue difícil llegar a un acuerdo. Una vez arreglado este asunto, hice buena amistad con la gente de mar.

Larga era la travesía, sobre todo para mi caballo Ostadar, así que esto acaparó mi atención tanto a bordo como en las escalas, que aprovechaba para hacerle correr. Casi me pesó por él haber optado por la vía marítima, mas la de tierra era demasiado complicada, dada la situación política. Reíros si queréis, pero Ostadar fue el caballo de mi vida, y es el mismo que galopa ahora por la sierra conmigo.

Según nos íbamos acercando a las costas inglesas mi impaciencia crecía de punto, mil ideas me venían a la cabeza, unas veces luminosas, otras nefastas ¿Me amaría ella todavía? Poco antes de tocar tierra definitivamente, tomé la resolución de no anticipar acontecimientos, porque iba a necesitar toda mi sangre fría para afrontar el lance que me había traído hasta aquí. Al desembarcar, apenas me entretuve en la base naval que tan airadamente miraba hacia Francia, sino que tomé de inmediato la dirección de Londres. Cubrí la distancia, unas setenta millas de entonces, en una sola jornada, aprovechando la euforia de Ostadar, que había adivinado el fin de sus cuitas.

Llegué a las puertas de la ciudad entrada la noche, una cálida noche de julio, y me eché a dormir directamente bajo un arco del puente de Londres, a la sombra de Tomás Becket. De mañana, tras adecentarme en lo posible con la ayuda de las aguas del Támesis, entré montado en la ciudad. Me convenía buscar un alojamiento cosmopolita, donde pudiera encontrar gente enterada de los acontecimientos de la corte. El idioma no era mucho problema, porque allí, como en gran parte de Europa, mucha gente hablaba la “lengua franca”.

No voy a aburriros con detalles intrascendentes. Diré tan sólo que después de preguntar aquí y allá, y de hacer algunas antesalas, logré por fin audiencia con un marqués de origen gascón. Cuando le expuse mi pretensión de encontrar a mi antiguo camarada de armas, su respuesta fue:

– ¡Ah, si! Recuerdo muy bien al conde, aunque estuvo aquí muy poco tiempo. Su esposa murió, junto con su primogénito, durante el parto, y él regresó a sus tierras de Navarra.

Un largo silencio siguió a la desastrosa noticia.

– ¿Su…esposa…murió? -pude balbucir al fin.

– Si, eso le afectó mucho.

No tuve más remedio que despedirme lo antes posible, porque iba a delatarme de un momento a otro. Ya no había gran cosa qué perder sino el honor de mi dama…No obstante ya en la puerta, se me ocurrió preguntar:

– ¿Dónde está sepultada la condesa?…Me gustaría rendirle homenaje…Era prima mía por parte de madre.

El marqués no estaba seguro.

– Quizá en alguna cripta de las capillas en torno a la Abadía.

Tras aquella entrevista estuve caminado sin rumbo por las calles durante no sé cuantas horas. Al caer la noche, sentí de pronto el deseo febril de encontrar la tumba, aunque no sabía donde estaba yo mismo, debía tratarse de un arrabal, porque tenía el vago recuerdo de haber atravesado algunos campos. Volví sobre mis pasos en busca del centro de la ciudad, pero me di cuenta de que estaba completamente perdido. En esto divisé una pequeña ermita junto al camino y me introduje en ella para tirarme a los pies del Crucificado. Allí me esperaba Él, con su Divina Madre, y bajo su mirada misericordiosa pude llorar al fin, a gritos, mi dolor.

El sonido de una campana me despertó al asomar el sol. La vuelta a la conciencia me devolvió todo mi desgarro, así como la obsesión por encontrar el sepulcro. Preguntando a los viandantes, que debían tomarme por un amigo de las francachelas, topé fácilmente con los muros de la Abadía de Westminster, y desde allí me dediqué a prospectar minuciosamente cuantas iglesias y capillas con criptas iba encontrando. Y no eran pocas.

Cuando anocheció de nuevo, todavía andaba leyendo nombres y fechas grabados en losas, completamente aturdido. Entonces me acordé de Ostadar, al que quizá no habrían dado de comer en la fonda, puesto que ese día no estaba pagado. Decidí retirarme para ocuparme de él y descansar, aunque no pude probar bocado. Ya en mi cuarto, encima de las voces y las risas de la taberna, no encontraba modo de aquietarme. Volví a salir, sin rumbo, hasta llegar al río, donde tomé una senda que lo bordeaba. Finalmente me tumbé boca abajo en una playa y me dormí llorando.

Al día siguiente me desnudé y me metí en el Támesis, escuchando los cantos de los pajarillos. La intención era sólo refrescarme, pero la idea del suicidio me vino entonces… mas la deseché en seguida: antes debía tocar su tumba. Volví a la fonda con la firme intención de desayunar algo, pero a la vista de la comida el estómago se me cerraba todavía más. La posadera notó mi mal estado y me preguntó la causa. A aquella buena mujer le conté, entre sollozos, toda mi ventura, aventura y desventura, así que me tomó de su mano como una madre y, lo que es mejor, me ayudó a localizar el sepulcro de mis anhelos.

Una pequeña capilla adosada al muro de la Abadía, de reciente construcción, albergaba un sencillo monumento en el que se podía leer, escuetamente, COMTESSA…ET FILIUS MCCLXXXI. Pensé que el desdichado de García no había querido inscribir el apellido familiar por pertenecer su suegro al bando contrario. Era extraño que hubiera vuelto a la Alta Navarra tan pronto, porque allí prevalecían sus enemigos.

Entonces me quedé en blanco. En el corazón sólo percibía una especie de hueco, una gran nada. Me alejé de allí más frío que las piedras que rodeaban el cuerpo de mi amada, y estuve así durante años, muchos años. Alguna vez sentía el corazón como una losa, muy pesada y fría, o como si no fuera mío. No se le pueden dar órdenes, al corazón, así que me resigné a llevarlo así hasta que Dios quisiera.

La víspera de mi partida de Londres ni siquiera tenía ánimo para dejar unas flores en la tumba. Salí a las afueras de la ciudad encaminándome hacia el oeste, y no tardé en toparme con un conjunto de severos edificios en torno a una iglesia redonda. Entré en ella y me senté sin más sobre un banco en penumbra, sin que resbalara una sola lágrima por mi mejilla.

Al cabo de un tiempo apareció un prelado entre la arquería, me levanté y le pregunté si podía oírme en confesión. Asintió con la cabeza, haciéndome seña de que bastaba con arrodillarme allí mismo. Era un hombre mayor, con un rostro amable circundado por una desarreglada barba gris. Se sentó frente a mí con cierta dificultad y escuchó atentamente cuanto le relaté.

– ¿Habéis concluido, hijo?

– Si, padre.

– Bien, pues la penitencia que os impongo es que regreséis mañana a primera hora y recojáis de mis manos una carta. Después haréis con ella lo que os plazca.

Al día siguiente, en vez de cruzar por el Puente de Londres me desvié hacia poniente para recoger el documento. El buen padre lo tenía ya preparado, sellado, pero sin cerrar y, antes de darme su bendición, me prometió que diría una misa por el alma de mi dama. No quiso dinero por esto, así que dejé una limosna para los pobres.

Seguí cabalgando por la orilla izquierda hasta el primer pontón. Al filo del mediodía, al pasar por unas praderas esmaltadas de florecillas, desmonté y me senté a la sombra de un gran roble para leer el contenido de la carta. Se trataba de una credencial del Maestre del Temple de la Provincia de Inglaterra, Robert de Torteville, dirigida a Amblardus de Vienesio, Maestre del Temple de Aquitania, en la que me recomendaba especialmente como caballero propicio para profesar en la Orden.

Al levantar la vista de aquel escrito, mi decisión estaba tomada. En Portsmouth, aproveché la travesía de vuelta de un pesquero bretón para desembarcar en Alet, a fin de evitarle a Ostadar otro viaje penoso, y desde allí puse rumbo directamente a La Rochelle para presentar mi credencial. Fue probablemente en aquel tremendo regreso de Inglaterra donde arraigó mi afición a las cabalgatas solitarias a través de los bosques.


Texto: Katia Cócera: trendesegovia@gmail.com

Documentación Gráfica: Ilustración del Templario: Javier Garrobo.

Fotos: Creative Commons.


 

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