EL JARDÍN DE LOS FRAILES por Manuel Rincón Álvarez

…es una de las cosas de más majestad y grandeza que hay en este edificio…   P. Sigüenza. (Fundación).

Seguimos extasiándonos con la contemplación de la inmensa muestra arquitectónica que lo rodea, cuya arrolladora presencia parece querer asfixiarlo, si no fuera porque el jardín siempre se escapa hacia mediodía, en busca del sol y de la seductora naturaleza circundante. El punto de evasión está garantizado. Siempre experimentamos la misma sensación de quietud, nada más traspasar los primeros arcos de entrada del patio de la Botica.

Y buscando explicaciones a esta magia que flota entre los arriates de boj, llegamos a sospechar que puede ser debida a la perfecta sintonía entre arquitectura y naturaleza que aquí se respira. Pero creemos que debe haber alguna otra razón. Y la queremos encontrar en una pequeña muestra del esoterismo que rodeó al monasterio y, particularmente, a su segundo arquitecto Herrera. Cuando al final de la obra, pretendió llevar a cabo la propaganda y la divulgación necesarias, solicitó del Rey la consiguiente autorización, para grabar unas láminas que luego serían universalmente conocidas como las Estampas, y en la primera de ellas ya aparece el jardín de los Frailes, con el mismo planteamiento con el que ha llegado a nuestros días. Pero lo curioso es que, observándola con cierto detenimiento, se aprecian unos extraños signos astrales que pueden corresponder con los astrológicos de Saturno, Júpiter, Marte, Sol, Venus, Mercurio y la Luna. ¿Quiso Herrera colocar al jardín bajo la protección de las potencias astrológicas y a ello obedecería la placidez y el bienestar que disfrutamos en este lugar?

Nos contentamos con admitir esa fantasiosa posibilidad y vamos a buscar otras algo más realistas. El jardín de los Frailes es un espléndido mirador de mediodía sobre la meseta, en el que crecen por igual especies botánicas tan climáticamente distantes como el boj y los rosales. Para salvar el desnivel del terreno se levantó una terraza o talud, sobre la huerta o jardín del Bosquecillo, apoyado en el conocido como Muro de los Nichos, farallón pétreo de bella ejecución contribuyó inevitablemente a que pronto fuera comparado con los jardines colgantes de Babilonia, Con sus parterres enriquecidos con variadas especies, el jardín se planteó como una transición entre el edificio y la huerta, siendo considerado como pionero en España, si lo conceptuamos como elemento ornamental contiguo al monasterio. No era jardín meramente sensual y de recreo áulico, sino un elemento de recogimiento dentro del ambiente del convento y de la casa del Rey, abierto hacia la esplendorosa naturaleza de la Herrería y los montes de las Machotas y el Fraile.

Entramos al recinto por la galería de Convalecientes o corredores del Sol, que por ambos nombres se la conoce, y que es una buena muestra de equilibrio arquitectónico, exponente de la continuidad que existió entre los arquitectos Toledo y su sucesor, Herrera, ya que al primero corresponde el diseño y la ejecución de la parte de la derecha, la que mira a mediodía, y el segundo fue continuador de lo restante. Si recordamos que, a su vez, la Botica, inmediatamente detrás de la galería, fue obra de Francisco de Mora, continuador de Herrera, bien pudiéramos decir que estamos en una zona de transición arquitectónica, admirablemente resuelta.

Pero la función de esta galería no era tanto la de corredor de comunicación, como la de proporcionar un lugar soleado y resguardado de los vientos favonios que arreciaban en las jornadas invernales, procedentes del cerro de San Benito, siendo los monjes jerónimos convalecientes los primeros beneficiados.

El jardín se encuentra dividido en dos grandes partes, la que pertenecía al convento y la privada que rodea el saliente del palacio real por el lado oriental. Esta parte privada, a su vez, está subdividida en otras cuatro zonas, exclusivas para Felipe II, para la reina, el príncipe y para la corte.

Las dobles escaleras fueron diseñadas inicialmente por Juan Bautista de Toledo, estando protegidas con parapetos de piedra en el jardín, descendiendo, con descansillo intermedio, a unos vestíbulos previos al muro de los Nichos, provistos de asientos descansaderos para disfrutar del fresco ambiente del lugar.

En el jardín hay doce pequeños pilones rectangulares con fuentes centrales en forma de piña, con un corto caudal de agua cuyo susurro contribuye a aumentar la sensación de paz que se respira en este lugar.

En tiempos de Felipe II, en lugar del boj actual, el jardín estaba sembrado de flores exóticas y plantas medicinales, muchas de ellas traídas del Nuevo Mundo y de esto tenemos fiable noticia a partir de la minuciosa relación del médico murciano J. A. Almela, que visitó El Escorial, allá por 1594. El libro de este viajero merecería estar en cualquier tratado de botánica, por el acierto y detalle con el que relaciona las muchas y variadas especies florales que poblaban el jardín.

Obligada es la mención a la inscripción que recuerda la colocación de la primera piedra del edificio. A pesar de que el Rey ni el Prior no pudieron asistir, se tomó la decisión de llevar a cabo una ceremonia sencilla que tuvo lugar el 23 de abril del año 1563. Sí estuvieron presentes el Vicario, fray Juan de Colmenar, fray Juan de San Jerónimo, el primer cronista del monasterio, fray Antonio de Villacastín, Juan Bautista de Toledo y los aparejadores de la obra. Poco después de los rezos, Villacastín, que llegaría a ser pieza fundamental en el día a día de tan grandiosa construcción, se ausentó de la ceremonia alegando que él se “reservaba para poner la postrera piedra de la casa”.

El lugar elegido para su emplazamiento fue en los cimientos del Refectorio, justamente debajo de la silla del Prior y la piedra era un bloque escrito por todos los lados, con texto redactado por Herrera.

Recreando el jardín en el tiempo de la fundación, realmente se trataba de un Hortus conclusus, huerto cerrado, invisible a los ojos de los ajenos al monasterio, pues sobre el pretil del estanque se alzaba un murete que impedía la visibilidad desde las Alamillos, y lo mismo sucedía en la otra parte que da a levante, cuando no existía el mirador abierto en el paseo de los Canapés. Era, pues, el jardín en su totalidad, zona reservada y, por ende, privilegiada.

Desde este apacible espacio, percibimos bien el poderío arquitectónico del monasterio. Paseando por sus parterres resulta imposible evadirse de la inminente y abrumadora presencia de la fachada de mediodía.

Entre las torres del Prior, a la derecha, y la de la Botica, a la izquierda, no hay más resalte vertical que la huella que dejó la proyectada y no realizada torre central del Mediodía.

Así que, ante tanta desnudez y tal ausencia de órdenes arquitectónicos, el oculto secreto del indudable atractivo de esta fachada es, tan sólo, el ritmo y la armonía de sus proporciones y es por ello que se ha buscado aquí, con una mayor insistencia, su posible vinculación con la Divina Proporción.

¿Será este de la proporcionalidad el único secreto que guarda celosamente esta fachada, para explicarnos su desconcertante armonía?.
Un vestigio aislado del tiempo de la construcción lo compone la solitaria chimenea que campea hacia el centro de las cubiertas, que proporcionaba la salida a la estufa que calentaba las habitaciones provisionales del Rey durante el tiempo de la construcción, por tanto sólo tuvo utilización temporal.

Cuando doblamos el ángulo recto de la mitad del jardín, a nuestros ojos aparece a la izquierda la no menos desconcertante fachada oriental del monasterio. Enmarcada entre las torres de la Reina, al norte y del Prior, al sur, lo que vemos es un juego de diferentes volúmenes, dispuestos atendiendo a razones geométricas, pero de muy diversa factura. Los aposentos del Rey y de la Reina, las ventanas termales, el hastial posterior al retablo principal y el cimborrio presidiendo el conjunto, todo ello configura un complejo volumétrico que siempre nos ofrece ángulos imprevistos.

El aspecto general de la huerta y su arbolado, aunque sería más silvestre y montaraz, no debía distar mucho del que contemplamos ahora. Además del boj que marca los parterres, en los alrededores vemos cipreses, magnolios y tilos.

Pero para terminar este breve recorrido, tenemos que decir que de aquel esplendor botánico que ofrecía este jardín en tiempos de su fundador, hoy nos queda un exuberante plantío que, en cuatro etapas anuales diferentes y sucesivas, nos regala los sentidos; nos referimos a las camelias, al árbol del amor, a los almendros y, cómo no, a los rosales.

Sobre todo, las rosas, flores preferidas por Felipe II, que gustaba de su colocación diariamente en su mesa de comedor, según el testimonio de J. Sigüenza. En 1555, el naturalista Andrés Laguna escribió la versión española del Dioscórides y se lo dedicó al Rey.

Hállanse tres especies de rosas domésticas, muy útiles a la vida humana: que son las blancas, las rojas y las encarnadas. Son tenidas por excelentes las rojas, así por la suavidad del olor, como por el color muy grato, con que recrean y confortan la vista.


Texto: Manuel Rincón Álvarez

Documentación Gráfica: Manuel Rincón Álvarez. Marisa Ortega.


 

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