EL CEMENTERIO DE ELEFANTES, por Silvia Arcas Guijarro

Pronto cumpliría Luis los 50 años y a punto de cruzar el umbral de medio siglo de experiencias recorridas, se sentía infinitamente más sabio, aunque también más angustiado que nunca. Difícil le resultaba asumir esta contradicción, pues tras largos años de abnegado esfuerzo hubiera deseado la merecida recompensa de una cierta seguridad laboral.

Treinta años al servicio de la empresa, cuadrando complejos balances de contabilidad, expidiendo informes, formando a las nuevas generaciones…Trabajaba despacio, meticulosamente, tenía fama entre sus compañeros de exhibir una estoica serenidad frente a las crisis, de hallar soluciones creativas frente a problemas imposibles. Si bien era cierto que no era tan rápido en la ejecución como esos jóvenes hambrientos de reciente incorporación en plantilla, ni tan hábil en el manejo de todos aquellos prodigios tecnológicos que no cesaban de cambiar a ritmo vertiginoso, en esencia comprendía el trabajo mejor que ellos. Pero no estaba tranquilo.

La sangre joven, abanderada por innumerables titulaciones de postgrado y niveles bilingües en varios idiomas, agradecía la oportunidad de trabajar en un mercado hostigado por la crisis con asombrosa diligencia, pese a sus precarios contratos y a sus míseros sueldos. Y la empresa se amparaba en esta rentable docilidad, esgrimiendo la excusa de la susodicha crisis, para equiparar todos los sueldos al mínimo y temporalizar los contratos.

Pero cincuenta años de vida entrañan responsabilidades que no se tienen a los veinte y Luis pagaba una hipoteca, los impuestos, el seguro del coche, las facturas…, quería dar a sus hijos la oportunidad de competir con formaciones universitarias y a su mujer, aquejada de una discapacidad física, la tranquilidad de no tener que trabajar. Eso le impedía solicitar una reunión con su jefe, apuntalar su ofendida dignidad con un golpe seco en la mesa y reclamar sus derechos.

Pero, sobre todo, no lograba comprender cómo aquellas personas que compartían el café de máquina con él, se reían de sus chistes en los pasillos, le preguntaban por la salud de su mujer y disfrutaban con las anécdotas sobre sus hijos, le trataban a fin de mes con la implacable frialdad de un número asignado a una anónima inscripción en la seguridad social. Porque, para Luis, esas personas eran de carne y sangre, tenían nombres y apellidos, por ellas había mantenido una perseverante fidelidad a la empresa sin resquicios.

Aquella mañana, frente a una fotocopiadora obstinada en desobedecer sus órdenes por enésima vez, sonreía abstraído y recordaba con ternura aquellos cuentos sobre animales, que relataba a sus hijos antes de irse a dormir cuando eran pequeños. Entonces era un joven prometedor que soñaba con oportunidades de promoción que despuntarían en un fructífero futuro para su familia y ¡le hacía tanta gracia la obsesión del pequeño Matías por los elefantes¡

Se sentía como uno de esos viejos elefantes que Matías adoraba.

– Papá cuéntame otra vez lo del viejo elefante que abandona la manada para emprender un largo recorrido en solitario-

¿Alguien podría explicarme por qué enviamos a estas personas al cementerio de elefantes? ¿Dejamos en herencia a nuestros hijos un mundo donde sobran los sabios?

NOTA: La consulta de Silvia Arcas cambia de dirección, ahora está en

Calle las Pozas n.º 48 – Oficina A

SAN LORENZO DE EL ESCORIAL

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