CUENTO DE NAVIDAD: “LA NOCHE EN QUE SE APAGÓ LA LUNA”, por Silvia Alberdi

“Estimados señores, debido a la magnitud del evento en estas tierras, ruego se considere la posibilidad de sustituirme temporalmente hasta el cese de las celebraciones navideñas, teniendo en cuenta mi edad y mi delicado estado de salud”.

 

Como cada otoño, la bruja de la Herrería solicitó su traslado. Había escrito varias cartas rogando ayuda, pero no fue atendida. Tal y como temía, cuando el frío le llegó a la nariz, sus ruegos no habían sido escuchados y comenzaron los problemas. Imaginad su tormento -cuando aún desde lo más profundo del árbol hueco y tapada con ocho almohadas- podía escuchar los preparativos. – ¡Los habitantes del pueblo quieren acabar conmigo! – exclamaba Trabajan día y noche preparando la Navidad. – ¡la mejor Navidad! – gritaba con desesperación. Vendrán miles de niños con miles de padres, miles de abuelos y miles de perritos gritones. Cantarán, se abrazarán y estarán felices. -La sola visión del conjunto era aterradora-. La bruja podía soportar un poco de felicidad, tratar de digerirla, pero tanta… tanta era inadmisible. Valoró la situación y pensó que si nadie venía a rescatarla, esta vez no habría de conformarse; ella sola acabaría con la Navidad.

Durante dos semanas permaneció en silencio, casi sin comer, casi sin beber, únicamente concentrada en crear un gran hechizo. Fabricó una niebla densa y horrible para cubrirlo todo, y tanto se esmeró, que la noche en que la estaba probando, la capa era tan espesa que apenas podía verse los pies mientras caminaba y no acertó a volver a casa, tropezó varias veces, se desorientó y tuvo que pasar la noche en una de las casitas del nacimiento, – ¡Qué humillación! -¡Esto no sirve! –exclamó. Si tengo que salir a lanzar esta pesada niebla para que todo el mundo se pierda; yo misma me perderé. – ¡Esto no sirve! – gritó con desesperación.

Había trabajado duramente sin obtener resultados, y las obras de la Navidad estaban cada vez más avanzadas. Divisó el pueblo desde lo alto de las peñas y vio con horror como todo estaba a punto. Ya habrán salido… – temió- , ya estarán de camino. Llegarán los pastores, las ovejas, los camellos, el cocodrilo y hasta ese enorme elefante.

-¡Tengo que evitarlo! – Tienen que perderse – susurraba. – Tienen que pasar de largo, vagar por el bosque y perderse, para que así, cuando lleguen los niños la Navidad esté vacía. Entonces todos comenzarán a llorar, todos al tiempo, y los perros aullarán con ellos – ¡esa sí que es una bella melodía! La bruja se frotaba las manos imaginando esa Navidad vacía y el impacto del silencio, la oscuridad de la tristeza, la sombra… ¡La sombra! Se dijo, y arrastró sus cansados pies con la seguridad de haber hallado la respuesta.

– ¡Apagaré la luna! – ¡Eso es! apagaré el cielo entero, lanzaré la niebla hacia arriba y no hacia abajo. De todos es sabido que los Magos siguen las estrellas, que los pastores siguen las estrellas, que el cielo marca el camino y yo borraré ese camino. -Entre la algarabía de los preparativos se coló un aullido seco y terrible que sólo los niños creyeron escuchar, mientras los mayores remataban los últimos detalles-.

Aquella noche, cuando todo estaba preparado, los habitantes se fueron a dormir temprano. Todo estaba en orden para recibir la Navidad. Entre las montañas y a los pies del Monasterio, se había construido el nacimiento más bello que jamás hayáis visto, las preciosas casitas, los establos, la paja, los abrevaderos, no faltaba un detalle… Cuando de forma repentina se apagó el cielo.

Fueron las lechuzas las primeras en darse cuenta, porque mientras todos duermen ellas vigilan la noche desde las copas de los árboles, y no tardaron en ver cientos de siluetas dispersas por el bosque. – Son los pastores – dijo una, – allá va un rey – dijo otra, – y allá un camello -se escuchó a lo lejos. Si no hacemos algo pasarán de largo.

Todas las lechuzas se reunieron en lo alto del monasterio y la más anciana habló: Así como los barcos entran a puerto las noches de niebla, así entrará la Navidad aunque el cielo esté apagado. Las lechuzas jóvenes hablaban alborotadas y no comprendían nada, -¿qué barco? -decía una, ¿no ves que no se ven las estrellas, ni la luna? ¿No ves que todos los pastores y animales están perdidos? La lechuza anciana prosiguió: -cuando la mar azota y los barcos se pierden, cuando la luz es inútil y los marineros vagan ciegos, es el rugir del faro el que los lleva a puerto. Así que situaros en cada torre, – ¡rápido! – ululad con fuerza.

Y así obedecieron las lechuzas, y el aire empezó a entonar un sonido unísono. El cielo parecía un mar embravecido, oscuro, las torres inmensos faros ciegos, pero aunque no se veía absolutamente nada, todas las figuras dispersas comenzaron a caminar hacia aquel zumbido.

Despertose todo el bosque, menos la bruja que estaba tan satisfecha y cansada que dormía profundamente. Las luciérnagas despertaron, y viendo lo que estaba pasando, volaron junto a las lechuzas y bailaron con tanto ímpetu que todo quedó iluminado como nunca antes se había visto.

Era la Navidad más hermosa del mundo, en cada tejado, en cada casita, en cada establo, en cada torre, en cada plaza… había cientos de luces pequeñas, una lluvia de luces cubrió el cielo; aquel fue el mejor recibimiento que jamás hubieran imaginado.

Cuentan que aquella noche, muchos niños soñaron con la silueta del pueblo iluminada por las luciérnagas y algunos viejos también. Cuentan que la bruja se conformó con esconder todas las castañas que pudo en un agujero muy profundo del bosque que nadie sabe dónde está.


Texto e Ilustraciones: Silvia Alberdi – alberdi.silvia@gmail.com


 

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  • diciembre 10, 2017 en 3:28 pm
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    Me encanto y me hizo volver a creer en la magia de la Navidad!!!!
    Gracias Silvia Alberdi

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