ARREBATO, por Silvia Arcas Guijarro

Sorteando el peligro y la necesidad, alcanzaron el centro de salud para depositar la primera caja

 

Disfrutaban de su luna de miel en una remota isla bañada por los mares del Trópico. Un pequeño paraíso para turistas que se alojan en cómodos resorts sin apenas contacto con los nativos. Espacios protegidos para tumbarse al sol bajo las palmeras, en playas infinitas de arena blanca, bebiendo piña colada, con la mirada perdida en el umbral donde el azul del cielo se funde con el turquesa del agua.

Allí pasaban los días ociosos, disfrutando de su mutua compañía entre caricias, arrumacos y guerras de cosquillas, comiéndose con los ojos e inventando cariñosos apelativos para designarse el uno al otro, perdidos en su amor, a salvo de la realidad, con la mente secuestrada en ese embriagador delirio, ajenos al mundo.

Y así habrían permanecido hasta su regreso a casa, embebidos en ese recíproco estado de aturdimiento, si no hubiera sido por las dichosas cajas, porque ella no iba a faltar a su deber de enfermera, ni al compromiso adquirido con la Doctora Navarrete de realizar su entrega en la zona más desfavorecida de los suburbios.

Traspasaron los límites de su peculiar jaula de oro para adentrarse en la ciudad con dos cajas, una con material quirúrgico, otra con gafas de diferentes graduaciones, destino al centro de salud y a la parroquia, respectivamente, del barrio más pobre.

Y la ciudad los engulló con sus prisas, su ensordecedora cacofonía de ruidos, sus calles atestadas de gente y coches por doquier circulando caóticamente. Dos frágiles figuras, asidas de la mano, portando un pequeño tesoro, entre el polvo y la suciedad de las aceras sin pavimentar y los edificios ruinosos. Perseguidos, empujados por una caterva de niños descalzos con hambre en la mirada y pies manchados de lodo que piden, reclaman y exigen: dinero, comida, ropa, caramelos.

Sorteando el peligro y la necesidad, alcanzaron el centro de salud para depositar la primera caja. Pero en el rostro de aquellos facultativos, hastiados de impotencia para lidiar con tanta desolación, no hallaron la gratitud esperada, tan sólo la súbita percepción de que una caja no es nada.

La fresca penumbra de la parroquia, tenuemente iluminada por unas pocas velas encendidas sobre el altar, los envolvió en una mágica atmósfera de paz, proporcionando algo de alivio a sus corazones oprimidos. Frente a una pequeña talla en madera de una virgen local, ella se sentó a rezar, pese a que no se consideraba creyente. Aferrada ansiosamente a la segunda caja rebuscaba, en algún rincón perdido de su memoria infantil, una oración, cuando oyó unos pasos acercarse tras de sí. Por el rabillo del ojo, vio una hermosa mujer que le dijo al oído:- Ay, mi amor, aquí se va a cometer un arrebato y las víctimas, cuando salgan de la iglesia, serán ustedes-

Aquella palabra “arrebato”, pronunciada a media voz con la dulce musicalidad de los isleños, el sutil aroma a almizcle de aquella imponente mujer situada tan cerca, fusionándose con el olor a incienso y a velas derretidas, obraron un embrujo seductor sobre su espíritu que se elevó por encima de toda aquella sordidez, quedando suspendido en un instante poético de puro gozo. Arrebato, repitió varias veces para sí, arrebato, arrebato…

Arrebatada de la cruda realidad por esta ilusión, tardó unos minutos en darse cuenta de la violencia implícita en el mensaje y poder diseñar el plan que les devolvería al resort a salvo, con la ayuda del párroco.

En el avión de regreso, comentaban la suerte de salir indemnes de su aventura, con una seriedad excesiva, impropia de sus 24 años.

Sintiéndose un poco viejos, se juraron el uno al otro que ningún ensueño tropical les arrebataría jamás la conciencia lúcida de los males de este mundo.


Documentación Gráfica: Creative Commons


 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *