ADIÓS A LA SUPERMUJER, por Silvia Arcas Guijarro

Tuve que levantarme temprano y a la mortecina luz de una lamparilla tratar inútilmente de enfocar la vista, nublada aún por el sueño, sobre ese caos de objetos que abarrotan mi mesita de noche, en la infructuosa búsqueda del despertador. Un ahogado ring sucumbía bajo una pila de libros, con su débil y sin embargo, irritante hilillo de voz. -¿Por qué no morirá mi despertador de una vez sepultado?.- Pensé, agotada por el esfuerzo de una noche sin apenas dormir velando a mi hija enferma, mientras con manos torpes me abría paso hasta él para acallar sus gritos.

Pero el alivio por ese precario silencio recientemente conquistado fue tan fugaz, el oasis de un diminuto instante de paz suspendido en una fracción de segundo, porque depositar los pies en el suelo, tropezar con el cable de la lamparilla y arrojarla estrepitosamente contra el suelo, fue todo uno.-¡ Todo comienza a precipitarse¡-, me oí decir y precipitada, descendí las escaleras de dos en dos, para fregar los platos abandonados desde la noche anterior, sobre la encimera de la cocina y poner una lavadora.

Como cada mañana, mi cuerpo entretejía diligente los pequeños rituales que componen las obligaciones domésticas de una casa, substrato imprescindible sobre el que se asienta el devenir cotidiano de la familia: realizar ese primer fallido intento de despertar a los chicos dulcemente, untar bocadillos de mantequilla y mermelada para su almuerzo, renovar por segunda vez otro fracasado intento por despertarlos en un tono más imperioso, preparar sendos tazones bien colmados de leche con cereales para el desayuno y apostar sin rendición por el tercer intento que conduce al éxito, en ese odioso tono decididamente furibundo, que nunca quiero utilizar e irremediablemente uso.

Y mientras mi actividad se desplegaba al vertiginoso ritmo de este tempus fugit, mis hijos estiraban como siempre la hora blandamente, convencidos por la extraña superioridad que imbuye la edad adolescente, de que el instituto de secundaria jamás osaría iniciar su jornada lectiva sin ellos.

Como es imposible que una funcione deprisa, cuando dos van tan despacio, andábamos tropezando en las habitaciones, obstaculizándonos inútilmente el paso y luchando ferozmente por ocupar el servicio, en esa desigual competición donde perdí, como es habitual, por dos a uno.

-Ducha en cinco minutos, ya me maquillaré en el autobús aunque con el ímpetu de los baches el rimmel de las pestañas me llegue hasta las cejas, consultaré también el correo electrónico a través del móvil, prepararé un par de ejercicios para mis alumnos, corregiré sin duda algunos exámenes…- declaré voluntariosa, con esa infinita capacidad de mentirme, que desoye la certeza de saber que caeré vencida por el sueño.

Un día, en fin, como otro cualquiera y sin embargo, cuando pasé junto a la nevera, sucumbí a un impulso nuevo, nunca antes experimentado, desprendí una hoja del block de notas y escribí una consigna con letras fosforescentes que prendí con un imán: “la supermujer ya no vive aquí”.

Porque la supermujer estaba tan ocupada volando para atender las necesidades ajenas que, si se descuidaba, iba a quedarse en los huesos.

Y con esta súbita conciencia de autocompasión, salí a la calle dando un portazo tras de mí, deleitándome en la idea de que iba a dormir en el autobús a pierna suelta.


Documentación Gráfica: Creative Commons


 

 

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