1440 MINUTOS, por Silvia Arcas Guijarro

Alberto se despidió en el umbral de la puerta, con un beso depositado fugazmente en la comisura de sus labios, que sabía a café y a prisas. Bajó los escalones del portal de dos en dos, apresuradamente, con el tiempo justo para coger el autobús de las siete y cuarto, en la parada de la esquina. Dejó tras de sí un reguero de corbatas diseminadas por el suelo, una taza de café medio vacía en el fregadero, un bollo mordisqueado sobre el sofá, los cajones de la cómoda abiertos y desordenados, el lavabo embadurnado de espuma de afeitar y un caos de informes laborales superpuestos unos sobre otros en la mesita del despacho, en un equilibrio imposible que anunciaba su inminente derrumbamiento.

Tenía que recoger un poco, antes de salir a la sucursal para revisar el extracto bancario y pagar algunas facturas, después hacer la compra e improvisar de regreso a casa una comida, tal vez un guiso rápido en la olla exprés, poner una lavadora…¡Bendita olla que aceleraba la cocción de los alimentos como por arte de magia¡. ¡Bendita lavadora que despachaba cinco kilos de colada sucia en un santiamén¡. -He aquí los grandes inventos de la humanidad – se dijo – el descubrimiento de la penicilina está sobrevalorado – Mientras le parecía escuchar el coro de voces ancestrales de sus antepasadas susurrándole al oído: – amén –

Difícil sería robar un poco de tiempo para estudiar las oposiciones antes de que él volviese del trabajo, pero decidió no desalentarse y con ánimo obstinado, quiso darle un buen mordisco al tiempo, dispuesta a batir el récord mundial en limpieza de encimeras de cocina, con estropajo en mano. Afanada en estos pequeños quehaceres domésticos, su mente hilaba puntada a puntada, el enrevesado tejido de catástrofes que se sucederían en caso de suspender los exámenes. Y cuanto más veloz se proyectaba la mente hacia un futuro incierto, más frenético se tornaba el sacudir el polvo por toda la casa.

A punto estuvo de tropezar, cuando sorteando muebles, alcanzó el teléfono antes de que el timbre se interrumpiera en la tercera llamada, proeza innecesaria esta de jugarse la vida, porque el interlocutor era la compañía telefónica ofreciendo el servicio de fibra óptica.

Y tal vez fue por lo absurdo del caso que, en ese momento, tuvo una revelación. Se dijo: – ¡1440 preciosos minutos tiene un día¡ ¿qué voy a hacer con ellos?, ¿sacar brillo a la porcelana y aprender los artículos de la constitución? –

De regreso a casa, Alberto encontró a su mujer tendida en el sofá, arrebujada en el amoroso abrazo de una manta, con la cara cubierta con una mascarilla verde y dos rodajas de pepino sobre los párpados, mientras la espita de la olla chillaba histérica su desconsuelo por no ser atendida.

Se abalanzó raudo hacia la cocina para evitar un accidente y subsanado el peligro, preguntó atónito: – ¿Qué te ha dado? ¡Ésto ha podido explotar como una bomba de neutrones¡ –

– ¡1440 minutos, Alberto¡ – Contestó ella – Si fueran 1440 euros, no los andaría malgastando por ahí tontamente –

Mientras desplegaba el mantel sobre la mesa, Alberto se rió con ganas de la alocada ocurrencia de su mujer pero, lamentablemente, no comprendió nada.


Texto: Silvia Arcas Guijarro

Documentación Gráfica: Creative Commons


 

 

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